(27-10-08) En
pleno corazón de los mares de Indonesia, en el Estrecho de Lembeh,
junto a la isla de Sulawesi, nos encontramos con uno de los paraísos
tropicales dedicados al mundo del buceo, donde científicos y cámaras
submarinos buscan las especies más llamativas, desconocidas y extravagantes.
Los arrecifes
de coral que delimitan el estrecho norte de Lembeh, tienen un
atractivo especial, y no es por el estado de conservación, sino
por la diversidad de especies que habitan en su entorno. Estos
arrecifes vírgenes, están poblados de todo tipo de corales duros
y blandos, anémonas y esponjas de todos los tamaños y formas.
No es un paisaje
exuberante, como en otros arrecifes indonesios, pero de los cientos
de especies que aquí conviven, destacan algunas por su especial
biodiversidad y, sobre todo, por su comportamiento social.
Hablamos de las anémonas, celentéreos invertebrados
y carnívoros, que biológicamente son muy simples y que dependen
de su entorno inmediato para sus necesidades básicas. De hecho,
el tamaño de una anémona no depende de la edad, ya que pueden
llegar hasta los cien años, pero sí depende de la cantidad de
luz y nutrientes disponibles en su entorno, elementos fundamentales
para su crecimiento.
Las anémonas
poseen tentáculos venenosos, como las medusas, y los utilizan
como armas letales para cazar toda presa que pase cerca e inyectarle
un veneno paralizante. Salvo alguna excepción. Y es aquí donde
nos encontramos, con uno de los ejemplos más llamativos de simbiosis
entre especies: son enemigas en potencia pero la sabia naturaleza
asocia… Es la historia de la anémona y uno de sus inquilinos
de excepción: el pez payaso.
asociaciones muy selectas
Existen
cerca de mil especies de anémonas marinas, y sólo una decena
de ellas, practica una asociación con peces payaso, a los que
da cobijo, a cambio de su propia protección de otros depredadores.
Este grupo reducido de anémonas es muy selectivo, y sólo permite
tener como inquilino a una determinada especie de pez payaso,
de la treintena que hay en el mundo.
Ya sea
en las paredes rocosas o sobre los fondos fangosos de Lembeh,
llama la atención la diversidad de especies de anémonas que se
desarrollan en cualquier rincón, o al descubierto, en el fondo
marino, donde encontramos una anfitrión aurora, defendida por
minúsculos payasos de cola amarilla, que mantenían a distancia
a peces mucho más grandes que ellos.
Es raro
ver un payaso adulto junto a alevines patrullando entre los tentáculos,
pero siempre encontramos grupos de peces cardenal Banggai, que
se aprovechan de los restos de comida que expulsa la anémona.
Los atrevidos banggais, con sus pequeños impulsos, dominan a
la perfección la técnica de esquivar los tentáculos de la anémona.
Incluso, parece que los pequeños roces no les afectan y se atreven
una y otra vez a pasar entre ellos.
Los cardenales patrullan incansables,
pegados a la anémona, esperando que la corriente les acerque
el alimento, mientras que los peces payasos van de un lado a
otro, en su incansable labor de vigilancia.
Algunas especies de pez payaso
llegan a crear verdaderas unidades familiares dentro de la misma
anémona. Sus huevos quedan depositados cerca de su base y allí
reposan hasta su fecundación, siempre protegidos por los urticantes
tentáculos de la anémona, de los posibles depredadores que puedan
acecharles. Por ejemplo los propios cardenales, que siempre oportunistas,
capturan los huevos que se desprenden y son arrastrados por la
corriente.
cardenales banggai, los mÁs
oportunistas
Los cardenales banggai tienen forma romboidal,
con dos aletas dorsales extendidas, y las caudales, pectorales
y anal bien desarrolladas y son ligeramente planos si son vistos
lateralmente. El macho tiene la 2ª dorsal más alargada y la forma
de la mandíbula también es una característica diferencial, siendo
más redondeada y mayor en el macho, que en la hembra, ya que
son los que incuban los huevos en su interior hasta el nacimiento.
Solo
se conoce una especie, que pone los huevos muy cerca del pedúnculo
de las anémonas y, en el momento que eclosionan, el macho cuida
de los alevines en su boca durante varios días, como medida de
protección.
Otro
aliciente que da espectáculo en las profundidades de Lembeh es
ver el movimiento de las anémonas, tanto para defenderse, como
cuando realiza una captura. Se cubre con su manto cerrándose
sobre sí misma, hasta que inicia la digestión; sólo los peces
payaso más pequeños pueden quedar en su interior durante este
proceso, mientras que los grandes vigilan desde el exterior.
Cuando la anémona abre su manto, es el
momento en que acechan los oportunistas para recoger los desperdicios
de la comida que acaba de ingerir es un momento de lucha entre
los payasos guardianes y los cardenales habituales, a los que
se suman peces mariposa, castañuelas y gobios. Todo un espectáculo...
toda una lecciÓn de convivencia
y trabajo en equipo
Unas
cuantas especies de anémonas y de peces payaso nos dan toda una
lección de convivencia, trabajo en equipo y capacidad de adaptación.
En el estrecho de Lembeh, la variedad de anfitrionas e inquilinos
es inmensa e impresiona, es como saltar de un mundo a otro en
un entorno especialmente llamativo, por el colorido de sus fondos
y de sus especies.
Pero la espectacularidad de estos extraños
seres alcanza su máxima expresión en estas paredes del Estrecho
de Lembeh, donde descubrimos nuevas asociaciones, con invitados
muy especiales que al final aportan muy poco, o nada...
Allí
vimos cómo los cangrejos porcelana se refugian entre los tentáculos
de las anémonas, sin que haya algún intercambio evidente entre
ellos. Sólo parecía beneficiarse el cangrejo, que se alimenta
de los deshechos de esta inmensa manta de tentáculos y en principio
parece inmune a sus venenos. Allí comía confiado hasta que se
acercó más de la cuenta a la boca de la anémona; en ese momento
fue apresado y devorado por la anfitriona.
Nos despedimos
de esta inmersión entre las anémonas de Lembeh, pensando en que
sólo la acción del hombre puede alterar gravemente el equilibrio
de este delicado hábitat de miles de especies. La observación
de la vida marina ha de ser absolutamente respetuosa con el medio.
Si nos acercamos mucho, o tocamos o, simplemente espantamos a
estos inquilinos, pueden abandonar el organismo anfitrión, a
cuya coloración se han adaptado, para terminar perdidos, sin
casa y segura presa del primer depredador que se cruce en su
camino.
Texto y fotos: Jorge Keller. Con información
de archivo BV, nordsulawesi.org, atlantidasub.com, indonesiaturism.com
y Lembeh Resort |