(19-05-09) Conocer
nuestras antípodas no debería ser un sueño, pero lo es. Lo es porque
incluso para los que hemos tenido la fortuna de conocerla, Nueva
Zelanda se convierte en un recuerdo onírico, una realidad que vivimos
y que, sin embargo, continuamos pensando que no existe.
Si no fuera
porque nuestra imaginación no puede crear paisajes naturales
tan increíbles, seguiríamos pensando haberlo soñado. Tal es la
belleza de Nueva Zelanda que invade los sueños y les da escenario,
color, fuerza y vida. Así es porque así la soñaron los Dioses.
No es un país
muy grande. Pero no le falta de nada. Es uno de los que registra
menor densidad de población, pero, a juzgar por la amabilidad
de sus gentes, sería un placer añadido que tuviera más habitantes.
No recoge una historia muy larga. Tan sólo han pasado unos mil
años desde que los primeros pobladores maoríes bautizaron a Nueva
Zelanda como “Aotearoa, el país de la larga nube blanca”. Hoy
Nueva Zelanda es un destino con unas posibilidades y recursos
naturales tan extensos que ni la mano del hombre ni la acción
del turismo han podido estropear toda su hermosura.
Uno puede preguntarse qué se puede esperar
después de 24 horas de vuelo. La respuesta es sencilla: nuestras
antípodas, aquella tierra que otros imaginaron cabeza abajo y
que nosotros consideramos como un premio a los sentidos. El aterrizaje
se produce en el aeropuerto de Auckland, mayor centro industrial
y de negocios de Nueva Zelanda.
La ciudad
de Auckland, quizá el único punto del país con apariencia cosmopolita,
está atravesada por calles y callejuelas anchas donde los colores
se han tomado la libertad de crear un arco iris de edificios
de diferentes alturas, formas y estilos que, sin embargo, transmiten
la sensación de hallarse en una ciudad ordenada como pocas. Y
civilizada como ninguna: en Nueva Zelanda no hay colillas, ni
servilletas de papel, ni latas vacías ensuciando las calzadas.
Y la extrema limpieza de sus calles nunca molesta. Simplemente
forma parte del espíritu ecologista cien por cien de los habitantes
de Nueva Zelanda.
Auckland es también el primer
lugar en Nueva Zelanda en transmitir la sensación de espacio
abierto que luego descubriremos constantemente al continuar el
viaje. Además de la belleza de la Bahía de Auckland, cuyo puerto
ha bautizado a la ciudad con el nombre de “la ciudad de las velas”
por la gran cantidad de barcos que, velas al viento, adornan
sus orillas, Auckland está rodeada de enormes jardines, bosques
y playas que hacen olvidar, en tan solo media hora de coche,
que nos hallamos en una ciudad.
AUCKLAND EL PUNTO
IDEAL DE PARTIDA
Aunque en general para el turista que
viaja a Nueva Zelanda, Auckland es la puerta de acceso y el centro
neurálgico de las salidas en tren, coche o autobús para el resto
de los lugares de la Isla del Norte así como los enlaces aéreos
para visitar la Isla del Sur, lo cierto es que esta hermosa ciudad
bien merece que le dediquemos al menos un par de días para pasear
en barco por las bahías de Waitemata y Manukau, o para visitar
alguno de sus museos, como el War Memorial Museum, primer acercamiento
a la cultura maorí y a la historia neozelandesa.
Este
primer contacto con la cultura maorí puede continuarse en Rotorua,
una de las ciudades más importantes de la zona y, desde luego,
una de las más visitadas. Hasta Rotorua vale la pena ir en autobús
desde Auckland aunque también es posible viajar en tren o en
avión.
La región
de Rotorua es zona de buenos espíritus. Así lo cuentan los maoríes
durante las ceremonias que celebran al llegar la noche. Acudir
a una de ellas es una experiencia única aunque muchos se empeñen
en tildarlas de meros espectáculos turísticos. Los maoríes reciben
a sus invitados sacando la lengua, con las manos en jarras y
los ojos desorbitados.
Si el
visitante ha venido en son de paz, entonces no tendrá de que
asustarse y podrá entrar en la ceremonia. Allí los maoríes se
transforman; saben que no hay malas vibraciones cerca y pueden
dedicarse a sus bailes y canciones que son una verdadera plegaria
a la Naturaleza y a los buenos espíritus. Y es que los bailes
y la música maorí son la perfecta banda sonora para una tierra
de película.
La región
de Rotorua es perfecta para los aficionados a las compras y para
los amigos de la cocina exótica. Pocos pueden resistirse a las
hermosas figuras de madera que los maoríes realizan en los maraes,
centros de estudio de la cultura maorí o a la cocina Hangi que
guisan en agujeros excavados en la tierra.
En el Maori Arts and Crafts Institute
de Rotorua, una anciana cuenta, con la sabiduría de sus años,
cómo los maoríes, convencidos de que un Dios creó a los hombres,
no se atrevieron a ofenderle creando ellos figuras humanas con
la misma forma que Dios dio a los hombres. Por eso, sus esculturas
representan siempre caras desfiguradas y posturas deformes. Son
una muestra del espíritu de este pueblo maorí que liga toda su
grandeza a la humildad de sus creencias. Respeto, amor y creencias:
estas han sido las únicas armas de este pueblo maorí que bien
podría conocerse como “los guardianes del Paraíso”.
tierra de volcanes y milagros
naturales
Sólo
la cultura maorí podía haber conservado los milagros naturales
que pueden observarse en Rotorua. De ahí que el asombro con que
el resto del mundo observamos las imágenes de la última erupción
del volcán Ruapehu no se reflejara en las caras de los neozelandeses.
Los habitantes
de Rotorua conviven con las entrañas de la tierra que salen a
la superficie en forma de géiseres, charcos de barro que hierve
y hace pompas que no pueden volar por su densidad, y con piscinas
de aguas calientes que embriagan con su belleza e invitan al
baño cálido.
El protagonismo
de los volcanes en Nueva Zelanda es tan grande que ha dado lugar
al desarrollo de múltiples organizaciones que se han especializado
en el turismo volcánico. Al sureste de Rotorua, en el volcán
Mount Tarawera, las consecuencias de la erupción ocurrida en
el año 1886 son muy evidentes y han llenado la zona de una magia
fascinante que sale únicamente de la fuerza de la naturaleza.
Las excursiones
a los volcanes pueden realizarse en helicóptero o en safari 4x4.
Estos tour por los volcanes terminan con un divertido pic-nic
mojado en champán sintiendo toda la fuerza de los cráteres. No
hay nada más exótico.
La zona volcánica neozelandesa
empieza en White Island, una isla de origen volcánico situada
en el mapa delante de Bay of Plenty, y que se extiende por unos
200 kilómetros hasta el lago Taupo y hasta los volcanes del Parque
Nacional Tongariro.
A éste y a cualquiera de los
otros 12 parques nacionales que se extienden por Nueva Zelanda,
se puede acceder contratando algún Eco-tour, recorridos ecológicos
con guía. El Parque Nacional Tongariro es uno de los más claros
ejemplos de la belleza de la zona central de la Isla del Norte.
Más de 40 especies diferentes de pájaros y otras especies animales
convierten la zona en un lugar ideal para los amantes de la Naturaleza.
No hay que olvidar que sólo en
Nueva Zelanda ha podido sobrevivir el viejo “tuatara”, un dinosaurio
viviente, el “hoiho” un pingüino que prefiere vivir en el interior
de los bosques y el famoso “kiwi”, el pájaro que no vuela y que
ha dado nombre a la población neozelandesa a la que se conoce
como el pueblo kiwi.
Además de su apodo, una característica
común define a los neozelandeses: su amor por los espacios abiertos.
El clima de las dos islas acompaña este sentimiento de los kiwis.
La del norte, posee un clima suave por hallarse más cerca del
trópico y más lejana de la Antártida que la Isla del Sur. Ésta
está mucho menos poblada (tan sólo registra el 26% de la población
neozelandesa) y en ella tampoco se producen temperaturas extremas
en ningún momento del año.
el espÍritu salvaje del sur
El salto de una a otra isla puede
hacerse en el ferry Interisland que cruza el estrecho de Cook
en tres horas y media desde Wellington, ciudad que ganó su condición
de capital de Nueva Zelanda por su céntrica situación entre las
dos islas.
Uno se despide del norte de Nueva
Zelanda pensando que ningún otro paisaje podrá sorprenderle más
y recibe la bienvenida del espíritu mucho más salvaje de la Isla
del Sur.
La Isla del Sur es un abanico
de posibilidades deportivas. Tal vez sea Queenstown la cuna de
la aventura deportiva neozelandesa. En esta ciudad del sur del
país nació el “puenting”, conocido en Nueva Zelanda como “bungy
jumping”, que se practica bien desde el puente histórico del
río Kawaru (43 metros) o desde el puente Skippers (70 metros).
En el resto de las ciudades de la Isla del Sur, el bungy jumping
se practica desde grúas, tejados e incluso trampolines acuáticos.
La ciudad de Christchurch, conocida
como la “Ciudad de los Jardines”, es ideal para practicar el
cicloturismo ya que es una de las ciudades más llanas de la Isla
del Sur. En las montañas, Queenstown ofrece recorridos en bicicleta
de montaña. En estas dos ciudades es posible practicar también
uno de los deportes reyes de Nueva Zelanda: el jetboating. En
las orillas del río Karaway cerca de Queenstown o en las del
río Waimakariri, no lejos de Christchurch, este deporte colma
a los que lo practican de grandes y seguras emociones.
Así es
la tierra de los kiwis, uno de los pueblos más hospitalarios
del mundo pese a ese sobrio aire británico del que muchos hablan
al referirse a nuestras antípodas. A los neozelandeses les rodea
la magia de su calidez y de una extraña forma de demostrar a
los turistas que son bienvenidos de verdad y que están invitados,
no sólo a visitar el país, sino a formar parte, por unos días,
de su extraordinaria cotidianeidad. Así es Nueva Zelanda. Así
debieron soñarla los Dioses.
Texto: Juan Diego M. Alcaraz con información
de nztb.govt.nz,
globaldive.net, tourismnewzealand.com, firstlighttravel.com
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Dónde informase:
Si
desea más información sobre Nueva Zelanda, llame a la Embajada
de Nueva Zelanda en España ((91) 523 02 26. Si la información que
necesita es más específica puede contactar con la Oficina de Turismo
de Nueva Zelanda en Frankfurt (Friedrichstrasse 1012, D-60323 Frankfurt
am Main; Tel. (49 69) 97 12 11 0 Fax: (49 69) 97 12 11 13) o consultar
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