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(02-12-08) Germán Diograzia, uno de los patrones de nuestra web
amiga en argentina, elportaldelosbarcos.com, nos relata una grata
inmersión en Isla Galé durante un viaje por Brasil.
El día
amaneció nublado. Las bajas nubes amenazaban otra vez lluvia.
No obstante la jornada de buceo había sido pagada y nada perdía
con dirigirme al muelle y ver que pasaba… La noche anterior cargué
el equipo en el auto, así que solo con un café salí con menos
de 15 minutos para llegar al muelle. Fue en enero.
Junto
a unos amigos alquilamos en aquel lugar de Brasil una hermosa
casa, y yo tuve las islas tan cerca, con esa agua cálida y limpia.
Todo rodeado por la selva. Morros y más morros, subiendo y bajando
por un terreno abrupto, con sus caminos de tierra entre pequeños
pueblos de pescadores. Cada subida con el auto constituía una
autentica aventura. Tan alejados de edificios, calles, semáforos
y multitudes.
Porto Bello, es uno de esos lugares escondidos, fuera de los
mapas. Allí hay varias penínsulas que encierran joyas de arena
y aguas verdosas. Aguas que toman ese color por la intensa
foresta que sube a los montes que las rodean. Sí, son hermosas
y, a veces, entre tanto verde, junto a grandes rocas o altos
árboles, surgen pequeñas y maravillosas casas de madera, desde
donde se accede, por una escalera serpenteante, hasta esas
playas de arena tan blanca.
Cuantos
misterios, cuanto encanto, luz y color para los ojos tan cansados
del cemento. Y allí estaba recorriendo las breves calles del
pueblo, para subir por la única calle asfaltada al primer morro.
Arriba la montaña se abre para dejar paso rápidamente hacia abajo.
Curvas y el mar (que cuando hay sol, es intensamente azul)
un dÍa estupendo para quedarse en la cama
Pero entonces, comenzó a llover y el
horizonte se cubrió con una niebla gruesa. Allí tendríamos que
navegar, más atrás de la niebla, buscando a alguna de las islas
donde poder sumergirnos. Sí, el día solo servía para seguir en
la cama. Poco después bajé el equipo y abordé el barco. La empresa
que realiza excursiones de buceo tenía un curioso nombre: Pata
da Cobra.
EL barco
está muy bien equipado para la actividad, con toda clase de equipos
y gente bien preparada. Esa mañana solo contaban con cuatro pasajeros,
dos brasileros, otro argentino y yo, verdaderos entusiastas del
mundo submarino. Diariamente, en épocas de verano, hay cerca
de veinte pasajeros que practican este deporte.
El barco
partió bajo una intensa lluvia. Al poco rato comenzó a zarandearse
por efectos de tres días de resaca y marejada. Con preocupación
miraba aquel mar de agua tan limpia, pero ahora movida y peligrosa.
Cuando finalmente llegáramos, me equiparía y debería saltar a
aquellas aguas. Mi preparación física es nula así que el buceo
se presentaba con dificultades. Mi pareja de buceo fue un jujeño
que estaba dando exámenes para buzo profesional. Yo lo acompañaría
en una de sus prácticas.
Finalmente llegamos a la isla
Galesa o Galé como ellos suelen llamarla. Ya me había sumergido
algunas veces allí, pero esta vez, como éramos solo cuatro y
no venían los turistas a los que se les da un breve bautismo
de buceo, no nos llevaron a la zona de “repaso”. Estábamos en
un sector abierto. El movimiento y las corrientes amenazaban
nuestra seguridad, pero arriba quedaban los instructores. Donde
nos viesen en apuros, nos buscarían.
Al fin me enfundé en un traje
entero de neopreno, me coloqué el botellón, que trae incorporado
el chaleco que uno puede inflar con solo apretar un botón. Un
elemento que es obligatorio y que proporciona mucha seguridad,
tales como estabilidad buceando y poder flotar en superficie
cuando se está muy cansado. El botellón provee aire y se carga
a trescientos kilos, un marcador de presión interna del equipo
indica cuánto aire queda, los controles para inflar y vaciar
el chaleco, dos boquillas que proveen el aire, un marcador de
profundidad, etc.
bajo intensa lluvia y mar amenazante
Cuando tuve puesto todos esos
aparatos, baje al bote de goma junto a los otros tres compañeros.
El uso del bote significaba que llegar a la boya a nado resultaría
imposible por las condiciones del mar. Así que allí estaba zarandeándome,
mientras llovía copiosamente y con un mar medianamente peligroso.
A veces, en circunstancias parecidas,
uno se pregunta para qué estamos allí arriesgándonos, pero siempre
puede más el deseo por la aventura y la fascinante sensación
de estar en otro mundo, con una dimensión más. Volando libremente,
sin peso. Me dejé caer hacia atrás y mil burbujas me envolvieron.
Se acercó mi compañero y bajamos por la boya hacia el naufragio.
Ahora todo estaba de maravilla.
Abajo, a unos quince metros, descansa para siempre un gran barco
que se fue a pique hace muchos años. Curiosamente, no sé su nombre.
Nos reservaron la sorpresa hasta el final. Y en la peor de las
condiciones, con un cielo encapotado y lluvioso, yo y otros tres
fuimos los elegidos para semejante aventura.
Ver un barco hundido en un día
de lluvia es realmente maravilloso. Pero, ¿hay luz a esa profundidad
en un día sin sol? Veremos… Descendimos hasta el fondo y nos
deslizamos entre grandes rocas, veíamos a más de 10 metros en
línea recta. A los pocos minutos el fondo empezó a salpicarse
de restos metálicos, caños, mástiles, etc. El barco estaba muy
cerca y, de pronto, ante mis ojos maravillados, apareció la popa
(la parte de atrás)
El barco se hundió quedando
a 90 grados respecto del fondo. Si hubiese habido más profundidad
se hubiese puesto boca abajo. Este barco transportaba cristales.
Hay muchos desparramados por el fondo. Allí estaba yo rodeando
el barco mirando las escotillas por la que alguna vez entraba
y salía gente. Un naufragio es de por sí sinónimo de tumba, de
final, de tragedia. Y la gente a veces se pregunta si no es peligroso
acercarse a los restos de algún barco. Claro que no lo es, si
uno no hace algo peligroso adrede. Para un buzo un naufragio
es aventura, es maravilla, es vida.
un pecio lleno de vida
Pronto pudimos disfrutar a cientos
de peces que viven en aquel barco: grandes y chicos. El barco
está totalmente cubierto de moluscos y es el refugio ideal para
varias especies. Rodeamos tres veces a aquel barco, disfrutamos
intensamente aquella zambullida en un día de lluvia. Estuvimos
en sus cubiertas, nadamos por debajo de algunos mástiles, que
están inclinados entre el barco y el fondo. Varias veces detuve
mi respiración para acercarme cara a cara con algún pez y mirarnos.
Grandes estrellas de mar, y otros
animales que no conocía, se nos ofrecieron a nuestros fascinados
ojos. Subimos, bajamos, volamos entre los mástiles. Recuerdo
que en la parte más profunda recorrimos el piso bordeando toda
la quilla. Y volvimos a ir y venir con peces de medio metro,
que en cardumen utilizan un sector del barco para detenerse.
Otros peces comían arrancando algún alimento de las rocas cercanas.
Las esponjas, cubriendo las rocas, nos regalaron su amarillo
intenso y acaricié su tersura.
Arriba, lejos de allí, mi familia
y mis amigos se enojaban por un día de lluvia. Yo sentí intensamente
cada mirada de aquellos peces, el silencio de aquel barco que
ya muerto da tanta vida. Mis burbujas buscaban la superficie,
yo quise seguir allí a bajo, ser agua, ser pez o ser simplemente
yo, pudiendo volver una y otra vez aquel fondo radiante de vida,
pero hacía rato que la reserva de aire se acercaba al límite
y debíamos subir.
La gente supone que debe ser
muy fácil ahogarse bajo el agua, pero cuando uno disfruta la
profundidad, cuando uno se siente libre y vuela a media agua,
resulta que nos olvidamos de la superficie, pero uno se cansa
y eso es lo que nos hace recordar, que somos de otro mundo, pero
que tuvimos el inmenso privilegio de estar allí abajo y tocar
durante 40 o 50 minutos un mundo hermoso. Subimos, arriba la
superficie parecía ser un inmenso espejo roto que se balanceaba.
En la superficie inflé el chaleco
y traté de volver pataleando hasta el barco. La corriente me
alejó cada vez más, mis piernas comenzaron a sentir el cansancio.
Por suerte el bote se acercó y me remolcó hasta el barco. De
regreso a casa me preguntaron cómo lo había pasado en un día
tan horrible. ¿Qué podía decir? No hay palabras que expresen
un sentimiento como el de estar libre y en silencio en la profundidad.
Texto: Germán Diograzia
(www.elportaldelosbarcos.es)
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