(26-08-09) Nuestro reportero cuenta la huella que le ha dejado un viaje a uno de los últimos paraísos terrenales, Isla Mauricio. Un trozo de tierra en el Índico con montañas, palmeras y arrecifes sumergidos en aguas color turquesa.
Después de haber conseguido facturar nuestro reducido equipaje (casi 100 Kg. de material deportivo y nuestras inseparables cámaras) sin que la empleada de Air France sucumbiera a mis encantos y accediera a no cobrarnos exceso de equipaje, nos encontramos a bordo, -más pobres, eso sí- pero ilusionados con las dos semanas de trabajo/vacaciones que nos esperan. ¡Mauricio, allá vamos!
La consabida escala técnica en París, otra en Jidda (Arabia Saudita) de regalo, y la última en otro Paraíso del Índico, las míticas Islas Seychelles, nos acercan a nuestro destino. En el archipiélago nos hacen descender del avión para limpiar, renovar el catering y además zarandajas habituales.
Unas horas más
de vuelo y divisamos a través de las ventanillas del avión la costa
Este de la Isla. Con poco esfuerzo se puede vislumbrar la blanca
Isla de los Ciervos, propiedad del Hotel Le Touessrok, que mantiene
una manada de ciervos traídos de Java que deambulan libremente
por ella, chapoteando en las aguas clarísimas de sus muchas bahías,
bahías con la arena más clara y fina que jamás hemos visto.
Después de aterrizar en el Aeropuerto cercano a Mahebourg, la ciudad más grande del Sur de la Isla, una furgoneta del Hotel nos transporta, agotados, pero ilusionados, hacia nuestra primera base en el Norte, el Hotel Trou aux Biches en Triolet.
Desde allí pretendemos visitar la mitad superior de una Isla cuya superficie viene a ser la mitad de Mallorca. ¡Hay que aprovechar bien el tiempo!
Mientras mi pareja deshace las maletas voy a reconocer el cuartel general e intentar alquilar un coche. ¡Vaya, hasta mañana por la mañana no hay uno libre! Sin medio de transporte y toda una tarde por delante...
La recepcionista -una nativa de piel morena, tersa y reluciente, cuya sonrisa parece traslucir la felicidad interna que casi todos los Mauricianos llevan en sus corazones- me indica que no debo preocuparme. Sobre la mesa de recepción coloca ordenadamente una serie de tickets de colorines. ¿Pa´ que sirven? Son vales para utilizar en el Centro de Deportes que se halla a solo 100 metros de nuestro bungalow de dos pisos, hecho de fibras vegetales y madera.
TODOS LOS DEPORTES ACUÁTICOS
Un bikini, un traje de baño, una toalla y agarrados de la mano (¿será el ambiente?) nos vamos hacia el chiringuito playero indicado. Un Mauriciano de anchas espaldas nos sonríe mientras sorbe dentro de un coco un zumo de frutas. Qué color más raro... ¿De qué será? Nos pregunta en francés que queremos probar. Yo escojo el ski-acuático, la laguna es perfecta para practicarlo. Mi acompañante se decanta por el Windsurfing.
El sol atravesando el entramado de hojas de palmera secas que forman nuestro techo se filtra dibujando móviles arabescos sobre las sábanas ¡Diana! Sacudo a mi compañera, que se despierta con cara de no saber ni cómo se llama, ni donde está... ¡Venga, arriba!
Un completo desayuno de exóticas frutas (la mitad de las cuales no habíamos visto en nuestra vida) nos prepara la jornada ¿Qué toca hoy?
En un “Mini” que obviamente había conocido mejores épocas, circulamos por las asfaltadas (a veces precariamente) carreteras mauricianas, costeando el Norte de la Isla en dirección a Roches Noires. Por supuesto, como antigua colonia británica, por la izquierda. (Están locos estos romanos...).
En los cambios de rasante, si aparece algún coche de frente, mi subconsciente me lleva a aferrarme al volante para esquivarlo. Cuesta acostumbrarse a los ritos nativos... Al cabo de un par de días, ya me siento parte del Imperio Británico.
Visto parcialmente el norte de la Isla, mañana iremos a bucear con el Club del Hotel, dirigido por un curioso personaje, Raymond, un laosiano de edad indefinida profundo conocedor de estas aguas.
Con el equipo de susmarinista preparado, y la cámara submarina revisada y engrasada, salimos en un pequeño bote desde la playa del Hotel -más cómodo imposible- en dirección a la barrera coralina.
¿No pretenderá pasar por ahí? El punto que me señala mi acompañante, es un rompiente, blanco por la espuma, que parece aflorar a la superficie.
El timonel con la mirada fija en las afiladas arborescencias coralinas, espera el momento propicio y en un instante estamos al otro lado después de un golpe de gas. Evidentemente sabe lo que se hace.
PRIMERA INMERSIÓN, CON BOCATA
Unos 20 minutos de navegación, y mientras anclan la embarcación nos acabamos de vestir impacientes. Vamos a visitar un barco hundido. Raymond se sumerge con una bolsa de plástico hacia el gran azul. ¿Llevará el bocata?
Con cuidado de no revolver los sedimentos, nos colocamos en la cubierta de un carguero que yace sobre su costado en un fondo de arena a -32 metros. El show va a comenzar. Nuestro anciano guía -¿cuántos años tendrá éste hombre?- extrae de la misteriosa bolsa una especie de sardina troceada que agita ante las herrumbrosas cuadernas.

Una morena de 1 metro y medio de largo sale a su encuentro. Vorazmente, muerde un pedazo y se retira a degustarlo al interior del navío. Es el turno de 3 ejemplares pequeños, uno de ellos casi blanco. Se enroscan a su alrededor, buscando ávidamente la “comida a domicilio” que le proporcionan. El festín las hace casi enloquecer y sus cuerpos ondulantes, giran, suben, bajan alrededor de él, enturbiando el agua. ¡Malditas, me vais a “ensuciar” las fotos!
El espectáculo llega a su fin. No hay más pescado. Las Morenas se repliegan. El último flashazo destella. Volvemos arriba. ¿Ya han pasado 40 minutos? Una ojeada al ordenador de mi compañera y modelo submarina me lo confirma.
Mientras hacemos la parada de descompresión, una bandada de ídolos moriscos cimbrean su larga aleta dorsal ante nuestras máscaras. Aún me quedan un par de fotos. No os escaparéis…
Alternando los deportes de playa, el submarinismo, y nuestros recorridos turísticos con el “espacioso Mini” por el interior de la Isla, ha transcurrido ya una semana.
¡EL SUR NOS ESPERA!
Atravesamos el interior montañoso de la Isla, si bien las laderas son suaves y redondeadas. En sus pendientes crecen vigorosas, por el clima, las plantas de café y té. En las llanuras, inmensas plantaciones de caña de azúcar, el principal cultivo de la Isla, se desparraman hasta donde alcanza nuestra vista.
Después de innumerables paradas para congelar fotográficamente bellos paisajes mauricianos, llegamos a la imponente mole de Le Morne Brabant, una montaña que forma una especie de apéndice en T en el Suroeste de la Isla. A sus pies nuestro Hotel, Le Paradis. Un nombre muy apropiado para el lugar, que recorremos a lomos de 2 caballos del Centro Ecuestre, mientras el sol desaparece borboteando en las cárdenas aguas de la laguna.

Al día siguiente temprano, salimos a navegar por los alrededores en el catamarán del hotel rumbo a la Bahía del Gran Río Negro, un puerto natural donde se albergan la mayoría de los barcos de pesca deportiva, que salen diariamente a capturar, -nosotros nos conformamos con cazar su imagen-, los grandes peces pelágicos.
Al otro día, en una sola inmersión podríamos ver, aunque no fotografiar por la distancia, 2 tiburones martillo y un gran túnido de casi 1 metro...
RELAX EN LA PLAYA
Hoy toca relajarnos en las playas privadas del Hotel y aprovechar sus instalaciones deportivas. Por unos pocos dólares disfruto durante casi una hora de un jet-ski. Como las olas son pequeñas las creo yo mismo con la moto, para luego atravesarlas saltando; con cuidado se puede pasar al otro lado de la barrera y acuchillar con nuestro vehículo las olas de frente.
Una hora basta para agotarme. Con los brazos y los riñones machacados, vuelvo a la orilla. Mi compañera ha estado remando por la laguna, observando como los cardúmenes de pequeños peces evolucionan alrededor de las formaciones de coral que existen en algunas partes de la misma.
Sus paladas resonaban en el agua y les impulsaban a refugiarse al unísono, con un movimiento sincronizado, entre las espiras del coral cerebro, o entre las ramas del asta de ciervo, otra formación madrepórica típica mauriciana.
La última semana de vacaciones va llegando a su fin. Hemos explorado hasta el último rincón de Mauricio, charlado con su gente, paseado por sus multicolores calles, aspirado los embriagadores perfumes orientales que las surcan, sufrido sus intensos pero cortos aguaceros, y disfrutado de su aguas, por encima y por debajo de su superficie.
Hoy es el último día, y para despedirnos de ELLA, que mejor que un paseo en paracaídas sobrevolando sus costas.
La montaña, las palmeras, las turquesas aguas, y el arrecife, se mezclan con el viento que huele a mar, a vida, un olor que embriaga y deja en mi huella imborrable de uno de los últimos paraísos terrenales: Isla Mauricio.
--------------
(Nota del autor) El tiempo pasa y algunos datos
de este artículo se han quedado viejos. Ahora se puede viajar a
Isla Mauricio con Air Mauritius, que tiene vuelos directos desde
Londres, Milán, París, Francfort, Munich y Ginebra. Son unas 11
horas de vuelo más el enlace desde las principales ciudades españolas.
El hotel a que se hace referencia al principio, “Le Touessrok”,
ya no tiene en su campo de golf de “Ille aux Cerfs” ciervos corriendo
por sus praderas. Han sido trasladados a una reserva a causa enfermedades
e incidentes con los clientes.
--------------
Texto y Fotos: Carlos Virgili / Risck |