(12-09-11) Las aguas del sur de California acogen multitud de pecios y uno de ellos, frente a la frontera mexicana, es el del USS Hogan, un destructor dragaminas que tuvo actuaciones relevantes durante la II Guerra Mundial.
En nuestro periplo por el Pacífico oriental, recalamos en San Diego y desde Imperial Beach, un charter nos llevó a un punto en medio de la nada, a unos 40 minutos de la costa. Vamos a sumergirnos en uno de los múltiples pecios de la zona, en esta ocasión el del USS Hogan un destructor convertido en dragaminas de la II Guerra Mundial, que tuvo un papel decisivo en varios frentes y recibió seis condecoraciones.
Tras su ajetreado y heroico servicio en actos de guerra, el 8 de noviembre de 1945 acabó sus días “haciendo de malo” y sirviendo como blanco en ejercicios de tiro de la Marina, hundiéndose en un lecho de arena a 40 metros de profundidad.
Sesenta y seis años después, el USS Hogan ya no se reconoce como aquel orgulloso destructor, pero aún se identifican partes vitales del buque que nos da una idea de lo que fue en su momento.
La inmersión requiere cierto nivel de formación, es en aguas abiertas. Lo más recomendable es el nitrox para poder disfrutar de un tiempo razonable en el pecio sin grandes complicaciones. Esta zona del Pacífico es de condiciones muy cambiantes y el operador nos advierte que podemos encontrar fuertes corrientes en superficie y aguas turbias o bien mar en calma y una visibilidad excelente, a veces sorprendente.
Tuvimos la suerte de nuestro lado. El mar estaba como un plato y disfrutamos de una travesía maravillosa contemplando el amanecer tras la costa mientras desayunábamos en la cubierta del barco. Un par de horas después, tras un breefing y revisión de equipos, saltábamos al agua y descubríamos lo que ya se intuía desde la superficie: la visibilidad era verdaderamente increíble y casi se distinguía el Hogan como una mancha en el fondo. Hasta el propio Dive Master que nos guiaba alucinaba y a medida que el sol subía aumentaba la claridad… Mejor imposible.
A medida que descendía por la cadena del ancla (fondeada “a mano” por el Dive Master), no podía dejar de mirar hacia la sombra del pecio, que no parece tan grande a medida que te acercas. El barco medía casi 100 metros de eslora, pero el paso del tiempo lo ha desmembrado y cubierto de esponjas y corales, con lo que no parece tan “poderoso” como creía.
A unos 25 metros llamó mi atención el compañero de inmersión, que señala hacia el gran azul. No tardé en ver un banco de palometas que se acercaba hacia nosotros como una nube en movimiento a toda velocidad. Pasaron junto a nosotros, mejor dicho, entre nosotros, como un rayo, dirección hacia los arrecifes costeros.
Pasada la emoción del recibimiento, ya estamos en el fondo, junto al ancla y a unos metros de lo que sería la proa del destructor, que está recostado sobre la amura de babor. Allí nos encontramos presidiendo la proa una formación de corales amarillos y naranja, que dan el punto de color cuando los iluminamos con nuestros focos.
La luz es perfecta, se puede ver entero el casco y la vida que lo cubre realza su aspecto fantasmal recortado en el gran azul. Vida vegetal y animal que se ha creado en un entorno de arena. Entre los corales y anémonas a veces vemos unas antenas que desaparecen en cuanto nos acercamos. El haz de luz de la linterna descubre unos ojos brillantes de langosta, un hermoso ejemplar de los muchos que vamos a ver en las oquedades del pecio, que se disputan con una especie que parece reinar en ese pequeño mundo.
MORENAS, LAS REINAS DEL PECIO
A este pecio también se le conoce como “wolf eels wreck”. Un nombre que le viene de la cantidad de morenas (Anarrhichthys ocellatus) que habitan aquí. A este habitante del pecio, que en la frontera mexicana se le conoce también como pez lobo; tiene un tamaño respetable, llega a los 2,5 metros y es una morena bastante pacífica, que no ataca y si se la molesta, a no ser que esté en pareja, tiende a esconderse antes que plantar cara.
Las hay por todas partes; en cualquier agujero de la estructura del Hogan asoman un par de ojos hipnotizantes que te miran fijamente y una boca llena de puntiagudos dientes, que se abre y cierra como si nos estuviera hablando. Otros interpretan que es una forma de amenazar y defender su hogar, cosa más que probable.
En la popa del barco, en lo que fue una bodega, en lo más profundo y semienterradas en un lecho de arena, nos saludan unas anguilas, mientras que por encima de nosotros un grupo de lábridos parece patrullar y vigilar atentamente lo que hacemos. Dan una y otra pasada sobre nosotros, parece que les gustaban nuestras burbujas y, cuando se van, es para hacer lo mismo sobre otro grupo de buceadores que acaba de llegar.
Como siempre nos pasa en una inmersión casi perfecta como ésta es que el tiempo pasa demasiado deprisa. Hemos estado casi 45 minutos en el pecio y apenas hemos tenido tiempo de recorrer todos sus rincones.
Nos hemos entretenido disfrutando de sus habitantes, de sus vistosos y coloristas corales, esponjas y anémonas que cubren cada milímetro del destructor. Pero, al fin y al cabo es el objetivo de cada inmersión disfrutar al máximo y en esta ocasión lo hemos conseguido. Que nos falta tiempo… pues se repite inmersión y ya está. ¡Y si es de noche mucho mejor! Pero esa es otra historia…
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