(07-04-10) En pleno Caribe, aproximadamente a medio camino de la latina República Dominicana (antiguamente bautizada como La Española) y del británico archipiélago de Turks y Caicos (donde la leyenda afirma que fue el primer lugar hollado por Cristóbal Colón en su viaje a las Américas) se encuentran los Bancos de la Plata o Silver Banks. Si bien los atardeceres tiñen las aguas de un brillante color argenta, deben su nombre a los lingotes de plata que se hallan esparcidos en sus aguas como fruto de los trágicos hundimientos de siglos pasados.
Sólo tres barcos tienen licencia para permanecer en esta zona observando cetáceos durante su anual cita en el Banco de la Plata. Nosotros estábamos sin duda en el mejor, el Turks and Caicos Aggressor II. Su curtida capitana Amanda, conoce perfectamente las traicioneras aguas del Santuario, y no es fácil con el calado del T&CA II el sortear las cabezas de coral, sobre todo con el mar picado, os lo aseguro.
Nosotros ya habíamos estado en su antecesor el T&CA I, allá por el año 2002, en uno de sus últimos viajes a los Bancos; el nuevo nos sorprendió por su mayor tamaño y comodidades.
Después de zarpar a medianoche desde Puerto Plata en aguas Dominicanas, un bello amanecer nos daba la bienvenida a los Silver Banks. El barco atracó al abrigo del -en ocasiones- embravecido mar, aprovechando la protección del arrecife, que aflora con la marea baja. No se movería de allí durante toda la semana. La estancia a bordo pues es muy cómoda. No hace falta tomar ninguna pastilla para dormir o poder “sobrevivir”.
Estábamos todos impacientes por acercarnos a ellas, pues a escasos metros de nuestra embarcación ya vislumbrábamos sus pequeñas aletas dorsales, y el vapor de sus expiraciones era transportado por la ligera brisa hacia nosotros.
Antes de dejarnos subir a bordo de las “zodiac”: Conqueror y Predator, la “capi” nos da un completo briefing sobre estos grandes mamíferos y como interactuar con ellos sin peligro y sin espantarlos. No hay que saltar con estrépito al agua, no hay que patalear o hacer ruido en superficie al nadar, no debe perseguírselas ni interceptarlas. La nueva normativa, tampoco permite el rodearlas, todo el grupo debe estar pues en el mismo lado de la yubarta, así ella nos tiene controlados y evoluciona con mayor relax.
Repartidos en dos grupos iguales nos embarcamos en las neumáticas, más maniobrables, rápidas, ecológicas y silenciosas que nuestro barco-madre de más de 30 metros de eslora.
HAY QUE ESTAR UN POCO ENTRENADO PARA SEGUIRLAS
Las ballenas jorobadas, salvo cuando están muy relajadas, no se detienen y siguen nadando a una velocidad lenta pero constante. Hay que estar pues un poco entrenado, si no queremos acabar con rampas en las piernas. Incluso recomiendo llevar aletas de “apnea” si estamos acostumbrados a ellas.
El primer día, domingo, encontramos el agua turbia. Bajamos un par de veces con una madre y su cría, después de que nos hayan deleitado con varios saltos fuera del agua los dos, indudablemente la madre estaba entrenando a su “pequeño” bebé. No estoy muy satisfecho de las imágenes. Suerte que nos quedan muchos días por delante.
El lunes, es un poco decepcionante pues no llegamos a saltar al agua. Las ballenas obviamente no están amaestradas y sólo vale la pena meterse en remojo cuando se encuentra un ejemplar o un grupo que estén “receptivos”, de lo contrario es visto y no visto. Eso si, fuera del agua la actividad es continua. Colas y aletas golpeando el agua. Saltos a lo lejos en todas direcciones.
Si fotografiar es duro a bordo de una pequeña embarcación con el agua un poco movida, no quiero ni contaros lo que es grabar en video, ni con estabilizador. La envidia nos corroe porque una de las auxiliares de la “competencia” ha encontrado una ballena cooperadora y vemos como disfrutan…
Por la tarde, encontramos un bebé con la cola ¿mordida? o herida que presenta una actividad frenética, a pesar de lo aparatoso de su lesión no cesa de golpear el agua y de brindarnos un espectáculo impagable. Está acompañado por un macho y una hembra. El macho, algo habitual, intenta que no nos acerquemos al grupo, más con la intención de tener la hembra para él sólo que para protegerlos, pues puede que ni tan siquiera sea el padre.
El martes nos recibe con un viento de más de 25 nudos que hace inviable la navegación, por la tarde conseguimos salir cuando amaina y seguimos a un grupo grande de ballenas. El macho nos obsequia con una cortina de burbujas, intentando “asustarnos”. Criatura…
Para romper un poco la “rutina” de ver tantas ballenas, le pido al piloto que nos lleva hasta el pecio para hacer unas cuantas tomas. Compruebo que en estos casi 10 años se ha deteriorado bastante, juraría que uno de los mástiles estaba arriba en nuestra primera visita. Es una pena, porque es una referencia excelente para la navegación y muy fotogénico.
El miércoles, presiento que será nuestro día. Encontramos, después de probar con varios grupos, un bebé y una madre con su escolta, un gran macho. Silenciosamente nos deslizamos por la borda. Fantástico, el agua está bastante limpia y azul. Como están muy tranquilos, nos vamos rotando con la otra barca para descansar y reposicionarnos.
NADA COMPARABLE A ESTAR FLOTANDO JUNTO A UN “LEVIATHAN”
Permanecemos varias horas con ellos, y todo el mundo agota sus tarjetas, sus cintas y sus fuerzas, pero las caras de mis compañeros lo dicen todo. No hay nada comparable a estar flotando en el agua junto a un “Leviatán” con un pequeño ojo que te observa constantemente, mientras su cría, sube y baja a respirar y de vez en cuando la curiosidad le puede y se acerca, y mucho, hasta el pequeño grupo de humanos embelesados con sus torpes evoluciones. Eso si, hay que vigilar su cola, pues aún no domina el tema de las distancias, los giros bruscos, y los “derrapajes”.
Cuando ya estamos “casi” saciados de ballenas, de repente, aparecen 3 machos jóvenes a ras del fondo de arena que se halla a unos 20 metros bajo nosotros, dirigiéndose como negros torpedos hacía el “familiar” trío. El gran “macho escolta” les planta cara y después de una pequeña escaramuza los 3 impetuosos pretendientes desaparecen. Por si vuelven a la carga, nos hacen salir del agua. En estos momentos, puede producirse alguna situación potencialmente peligrosa. Ya sabéis como es esto del “amor” entre bichos de muchas toneladas.
Estamos a jueves, el viento vuelve a soplar fuerte, no olvidemos que estamos en medio del Océano, nos relajamos a bordo viendo en el ordenador las imágenes de ayer. Por la tarde baja su intensidad y volvemos a salir de ronda. Encontramos muchísimas ballenas pero poco cooperantes, mientras que los de la otra neumática han tenido mejor suerte y nos explican luego, “pasándonos la mano por la cara”, el gran espectáculo que han tenido con un bebe saltarín y juguetón. Nosotros nos hemos tenido que “conformar” con varios saltos, una ballena haciendo spy hoping, y varias colas golpeando frenéticamente el agua.
El viernes amanece gris, mientras el resto de días ha sido soleado en general, es hora de volver a puerto. El T&C Aggresor lentamente suelta amarras y con muchos ojos controlando los bajos de coral que como setas afloran por doquier, enfila su proa hacía Puerto Plata. Atrás queda el herrumbroso pecio del carguero griego, y nuestras compañeras por varios días, las yubartas. Sus soplidos, nos despiden amigablemente. Saben que la semana que viene volverán otros pequeños seres a admirarlas.
En la cubierta superior “gasto” mis ultimas fotos con ellas; allá donde mire, veo vapor de agua, una dorsal, o una cola golpeando la superficie. El último espectáculo se prolonga casi hasta llegar a la costa de la Republica Dominicana. Ya estoy planeando nuestro regreso… soy yubarta-adicto, lo confieso.
Texto y fotos: Carlos Virgili/RiscK
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