GUERRA A LA SOPA DE ALETA DE TIBURÓN
(14-11-11) En China y Hong Kong cobra fuerza un movimiento para erradicar el consumo de sopa de aleta de tiburón. Poco a poco, los chinos se sensibilizan con la amenaza de extinción de al menos 14 especies de tiburones, que se pescan sólo para consumir sus apéndices.
Las parejas chinas que eligieron el viernes 11/11/11 como uno de los días más propicios del año para intercambiar sus votos matrimoniales, podrían estar entre las últimas en aprovechar la ocasión para comer sopa de aleta de tiburón en su festejo, si los grupos ecologistas salen con la suya.
El consumo de esas piezas de carne resbaladiza y pegajosa en tazones de caldo, no sólo respeta la tradición, sino que también desafía a una creciente campaña para prohibir el comercio de aletas de tiburón que se ha extendido a su mercado más lucrativo: Hong Kong.
¿Por qué la campaña para prohibir el comercio de todo el mundo ha puesto sus ojos esa ciudad? Porque es fácil de ver durante un corto paseo a por Sheung Wan, uno de sus barrios especializado en pescados y mariscos secos. Las calles están repletas de escaparates con montones de aletas de tiburón, listas para ser hidratadas y hervidas antes de ser añadidas a un rico caldo. Una reserva gastronómica impulsada por las clases pudientes chinas desde la dinastía Song, en el Siglo X.
El aumento de la prosperidad desde la década de los 70 ha puesto la aleta de tiburón al alcance de las clases medias y, tanto en Hong Kong como en el continente, comer esa sopa está íntimamente asociado con la riqueza. Decir de alguien que “come aleta de tiburón con el arroz” es para referirse a su prosperidad.
Hong Kong consume el 80% del comercio mundial de aletas de tiburón, con proveedores de de más de 100 países, entre los que España destaca como principal proveedor.
UN COMERCIO QUE NO TIENE CONTROL
Los activistas dicen que es casi imposible de verificar la procedencia de las aletas, ya que se secan y blanquean, con frecuencia se tratan con amoníaco antes de llegar a Hong Kong. “Las capturas no se controlan en absoluto, y no hay monitoreo de las especies o el etiquetado”, dice Stanley Shea, activista de Bloom Association, que el año pasado llevó a cabo el estudio más completo hasta la fecha de consumo de aleta de tiburón en Hong Kong. “Ni siquiera sabemos realmente cuánto se consume aquí o termina en la parte continental”.
Muchas poblaciones de tiburones se han desplomado un 90% en las últimas décadas, según los activistas, quienes advierten que si el exceso de pesca continúa al ritmo actual, las especies más comúnmente afectadas se habrán extinguido en unos pocos años.
Análisis de ADN han mostrado que el 40% de aletas de tiburón subastadas en Hong Kong, provienen de 14 especies, todas las cuales aparecen en la “lista roja” de las especies en peligro de extinción de la Unión Internacional para la Conservación de de la Naturaleza.
Después de años de la feroz oposición de los comerciantes y los minoristas, los activistas en Hong Kong dicen que la población local está finalmente despertando ante esta catástrofe ecológica. Varios hoteles la han hecho desaparecer de las cartas de sus restaurantes, ofrecen descuentos y otros incentivos para las parejas que opten por no invitar a aleta de tiburón en las celebraciones de sus bodas.
Parece que una nueva conciencia colectiva empieza a crecer. Hay campañas en televisión financiadas por organizaciones volcadas en el tema. Desde Internet se pide a los invitados a las bodas que reduzcan un tercio los regalos en efectivo a las parejas que seleccionan la sopa para sus banquetes. El año pasado, Citibank Hong Kong retiró una promoción que ofrecía a los titulares de una nueva tarjeta de crédito una maravillosa cena con sopa de aleta de tiburón.
En el continente, Yao Ming, la estrella china de la NBA, ha aparecido en una campaña, por cierto muy bien recibida, para que se ponga fin a finning, la salvaje práctica de la eliminación de las aletas del tiburón, que luego es arrojado vivo al mar.
LOS JOVENES ENTIENDEN EL PROBLEMA, LOS PADRES NO
Sin embargo, hay focos de resistencia, sobre todo entre las personas mayores, que todavía consideran el comer aleta de tiburón como medio para expresar su identidad china. “En las bodas que tienen diferentes personas sentadas alrededor de la misma mesa, los jóvenes entienden el problema y quieren hacer algo al respecto, pero en algún momento, sus padres los detienen”, dice Shea.
El gerente de Wang Yip, una empresa mayorista que vende entre tres y cuatro toneladas de aleta de tiburón en un mes, ha declarado que “los comerciantes comienzan a sentir el impacto de la campaña contra el consumo de aleta de tiburón. Las ventas están cayendo y creo que eso se debe a la campaña. El precio al por mayor se ha reducido en un 20% en los últimos dos meses y, aunque siempre hay variaciones, parece que se trata de una tendencia duradera”.
Charlie Lim, comerciante minorista de aletas de tiburón, es receptivo al mensaje de la pesca sostenible, pero acusa a algunos activistas de hipocresía. “La tradición china de comer aleta de tiburón se mantendrá, pero ajustada a una pesca sostenible. El pueblo chino y las tradiciones no son un blanco fácil para los activistas que, en gran parte, vienen del oeste y son ajenos e irrespetuosos con nuestras tradiciones y creencias”.
De todas formas, pesar de los éxitos iniciales, la campaña aún no ha calado en el corazón de la cocina cantonesa y, probablemente continuará lejos de hacerlo. La última encuesta de Bloom es reveladora: el 89% de los 7 millones de habitantes del territorio había comido la sopa de aleta al menos una vez en el último año; más de la mitad dicen que lo hicieron por obligación, para observar la tradición. Otra encuesta reciente señala que en lo que va de año sólo el 15% de las parejas han optado por banquetes de boda sin aletas de tiburón.
Sin embargo, ya se ha establecido una lucha interior entre lo que dice el corazón y dicta la tradición. El 66% de los encuestados dijeron que se sentían incómodos con la idea de comer una especie en peligro de extinción, y más de tres cuartas partes aseguran que no le importaría si desapareciese de los menús para banquetes.
Stanley Shea cree que la ciudad Hong Kong y los chinos en general, seguirán siendo mal vistos por el mundo, siempre y cuando no se introduzcan medidas para proteger a las poblaciones de tiburones, similares a las introducidas en otros lugares. “Hong Kong siempre ha sido un modelo a seguir para el resto de China, y este tema no debería ser diferente”, dice. “Nuestro mensaje es que comer aleta de tiburón es insostenible. En algún momento, el mercado se va a estrellar”.
Texto: Guadalupe Romero