GUADALUPE,
EN EL CORAZÓN DE LAS ANTILLAS FRANCESAS |
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Martinica, escenario de corsarios, piratas y donde perdió la vida la deschichada Adela, hija de Víctor Hugo, es la isla más conocida de las Antillas francesas. Sin embargo, la más representativa y exótica es Guadalupe, donde la naturaleza, salvaje y lujuriosa se alterna con grupos de edificios y villas de corte francés, y campiñas con auténticas vacas marelas, de las que ya no se no se sabe si son de procedencia gallega o suiza. Guadalupe es un departamento de ultramar de Francia en pleno caribe, un pequeño archipiélago compuesto por dos islas principales y cinco dependencias insulares. La isla con forma de mariposa conocida en todo el mundo como Guadalupe, en realidad son dos islas, como dos alas, unidas por un puente sobre el estrecho de Salée, que deja al oeste Basse-Terre y Grande-Terre al este. Antaño, mientras los “descubridores” españoles
que pasaban por allí evangelizaban a golpe de crucifijo o esclavizaban
y asesinaban a los indios caribes (según decidieran hacerse cristianos
o no), Guadalupe se conocía como Karukera, que para los
indígenas significaba “isla de hermosas aguas”, un
lugar selvático Las gentes de Guadalupe son amables y reservadas, aunque en la urbe más grande Point-a-Pitre, centro neurálgico del tráfico marítimo, se vive de otra manera y la gente es mucho más abierta. Es en el puerto y en el mercado donde todo cobra mayor intensidad. No solo por la actividad, sino por lo pintoresco del entorno, rezumante de olor a especias y a caña de azúcar, con la que fabrican un ron que es uno de los mejores del mundo. Allí se oye hablar “creole”, una alegre variante del francés, lleno de apócopes y de sonidos con la ñetra “k”, el mismo idioma que se emplea en las letras del “Zouk”, un pegadizo ritmo que se baila moviendo cadenciosamente las caderas. Hay que aprovechar la visita al mercado y hacerse con un pareo estampado tipo batik, o comprar alguno de los muchos perfumes hechos con esencias de flores autóctonas. PARQUE NACIONAL DE GUADALUPE,
VISITA OBLIGADA Una de las ofertas más divertidas y vertiginosas para los visitantes al parque son las cascadas y rápidos que desembocan en hermosas pozas excavadas por la constante caída de agua contra loas rocas. Es una experiencia muy gratificante deslizarse por las gargantas haciendo “cañoning”, embutidos en un traje corto de neopreno (mejor el propio, que los que alquilan allí dan “yuyu”), y caer en fosas de agua pura y cristalina, en un exuberante entorno que apenas ha tocado la mano del hombre. Al adentrarnos en los valles nos topamos con una vegetación de tamaño desmesurado y flora de colores y formas imposibles, como una belleza amarilla que allí conocen como ”mata suegras”, cuyo polen puede ser tóxico, o gigantescos macizos de bungavillas atestados de enormes abejorros succionadores de polen, o hibiscus como campanas de iglesia, con escuadrones de diminutos colibrís que zumban en un ambiente tan denso como perfumado. Es un contraste pasar de un “ala” a
la otra de la mariposa. De las tierras altas y San Bartolomé parece el varadero
de las mayores fortunas del planeta. Sin la lujuriosa vegetación
de las islas hermanas, esta porción de tierra no ofrece más
que sol, playas y una paz que jamás se rompe. La isla se recorre
en un par de horas en pequeños cochecitos como los que se usan
en campos de golf que, por cierto, no faltan. Texto: Juan Diego M. Alcaraz, con información
y fotos de: paho.org, |
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