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(03-11-09) En los Ochentas, cuando tenía un luenga cabellera, llevaba pantalones pata de elefante, y tenía todos los discos de Karina autografiados, tuve un especial idilio con las “islas del anticiclón”, llegamos a viajar hasta en 3 ocasiones distintas y visité 7 de las 9 islas del archipiélago. En esta ocasión volvía a Sao Miguel, la isla principal, con un fin distinto: iniciar la filmación de un documental sobre los cetáceos del Atlántico que espero que vea la luz a finales del año que viene. Comprenderá tomas de este archipiélago, del de Canarias y del Banco de la Plata en la República Dominicana.
En este viaje, como ya he dicho, nuestro propósito era captar imágenes de cetáceos, y especialmente de cachalotes. No en vano estas islas son uno de los mejores, sino el mejor, punto del planeta para avistarlos especialmente en la época de Julio a Septiembre.
Por esa razón, durante centurias los Azoreanos tenían en la caza del cachalote una de sus principales industrias, las islas están repletas de edificaciones que recuerdan el otrora próspero negocio ballenero. Pero con el tiempo, los portugueses se dieron cuenta de que una ballena viva genera muchísimo más dinero que una muerta, y a diferencia de los “civilizados” noruegos o japoneses, abandonaron la explotación de su muerte y se iniciaron en el rentable mundo del avistamiento turístico (y científico) de los cetáceos de sus aguas.
En 1974, nuestro vecino se adhirió al Convenio CITES, y pocos años después, en Noviembre de 1987 y en la isla de Pico, se capturó el último cachalote. (Si bien al parecer, existen aún algunos furtivos que capturan delfines para vender su carne). Otros peligros que corren estos pequeños mamíferos marinos son la sobrepesca, que aniquila el alimento de estos inteligentes animales, la polución (incluidas las bolsas de plástico), la contaminación acústica, o el trafico marítimo.
En 1985 nació la BOCA (Base de Observación de Cetáceos de las Azores) con sede en Pico, una de las dos mejores islas para la observación de estos animales, junto con San Miguel.
Existen leyes regionales sobre cómo deben comportarse las embarcaciones en presencia de cetáceos (parecidas a las que existen en Canarias), y el numero de empresas dedicadas a este negocio está limitado, si bien debería estar mejor regulado el número de embarcaciones que pueden utilizar.
El sistema que utilizan estas compañías es embarcar a los eco-turistas en embarcaciones medianas, generalmente neumáticas, que hacen varias salidas al día de unas 3 horas de duración y que se ven apoyadas en su búsqueda por vigías que trabajan en puntos altos de la costa, algunos de ellos son “supervivientes” de la vieja época; con la ayuda de la radio, orientan a los patrones en la mejor dirección para avistar a los delfines, y especialmente para encontrar al más buscado, el cachalote.
Según su propaganda “garantizan” con casi un 90% de probabilidades que en todas las salidas verán al menos delfines.
En realidad, con suerte se pueden ver desde varias especies de esta familia, pero también el famoso cachalote, pasando por falsas orcas, orcas, calderones, zifios, hasta ballena franca y enana, rorcuales, y el Santo Grial, la ballena azul, el animal más grande del planeta, hasta 33 metros de bicho. En total 27 especies diferentes, algunas como determinadas especies de delfines, residentes, y las demás semi-residentes o nómadas.
NUESTRA PEQUEÑA EXPEDICIÓN
Aprovechando que el hijo de mi amiguete “Jéssus”, Don Marc, colabora como oceanógrafo en San Miguel, y es un experto en estos menesteres, nos fuimos los dos para allá junto con Josep Lluis y Sara, expertos buceadores y amantes de estos inteligentes seres.
Hicimos solo 3 salidas en barco, dado que no tuvimos mucha suerte con el tiempo, viento y mar movidito. Hay que volver…
Primer día: El sol luce en lo alto aunque el mar está picado, partimos desde Vilafranca do Campo con una potente embarcación para nosotros solitos, nos alejamos mar adentro en busca de nuestro objetivo. No pasa mucho rato cuando el vigía costero avisa por radio al patrón que un grupo de delfines mulares se encuentra hacia el Noreste, ponemos proa en esa dirección y al cabo de un rato los avistamos, no parecen muy relajados y navegan rápido.
Tomamos unas fotos y unas tomas de vídeo desde superficie y cuando parecen más tranquilitos decidimos probar suerte, vamos a intentar nadar junto a ellos. Con cuidado de no hacer demasiado estruendo nos deslizamos hacia el mar azul tungsteno, los rayos del astro rey convergen en las profundidades, el fondo debe de estar a varios centenares de metros.
Nadamos con fuerza, pero en silencio, hacia ellos, veo que se mueven nerviosos de un lado a otro y fuera del alcance de mi cámara, consigo a duras penas unos segundos de cinta con imágenes decentes. Ufff, es mucho más fácil filmar tiburones. Estos no son como Flipper, y solo se dejan acercar si están en grandes grupos (se sienten más seguros), descansando o cazando en grupo.
Ese día vimos varios grupos más de delfines incluidos los comunes, pero seguramente por el viento y el mar algo rizado fue difícil el captarlos en condiciones óptimas bajo el agua.
ENCUENTRO CON EL CACHALOTE
Cuando ya tocaba volver al puerto, nos avisaron vía radio que otra embarcación estaba observando a un cachalote a una milla de donde nos encontrábamos, mirando el reloj, pusimos el motor de la neumática a toda su potencia y finalmente vimos a dos embarcaciones que navegaban juntas en una dirección.
Navegando por popa nos acercamos y finalmente logré distinguir el lomo de nuestro cachalote (Physeter macrocephalus), el mar picado me impedía tomar imágenes de toda su magnitud y, de repente, un fuerte soplido audible desde nos encontramos, junto con un chorro de vapor de agua. Qué espectáculo.
El Leviatán recorrió unas brazas más, tomo aire, y nos brindó como despedida una imagen de su poderosa cola desapareciendo hacia las profundidades. Dado que sus apneas suelen rondar los 45 minutos (aunque pueden alcanzar casi ¡¡¡¡dos horas!!!!), decidimos volver a la costa, nuestro tiempo se había acabado.
Segundo día: El tiempo había empeorado, el cielo casi totalmente cubierto por nubes, algún chubasco aislado y el viento picaba el mar, pero allí estábamos, en busca de nuestros tesoros.
Esa jornada vimos dos especies distintas de delfines, los comunes y los mulares de nuevo. Y algo mucho más inhabitual, los tímidos calderones grises, animales casi blancos como las belugas y con grandes cicatrices en su piel características. Conseguí verlos bajo el agua a unos 20 metros, pero en cuanto me vieron se sumergieron. Es lo normal con esta especie esquiva. No fue un gran día en general. A ver si a la tercera va la vencida.
CON LOS DELFINES, COMIENDO “BOLAS DE PESCADO”
El tercer día salimos a primera hora de la mañana con la idea de estar toda la jornada en el mar, aunque el pronóstico es regular, mar tranquilo pero cielo muy nuboso, con ocasionales claros.
Intentamos encontrar a los delfines en uno de los momentos mágicos, el de la alimentación, las espectaculares bolas de peces pequeños, vamos, como el Sardine Run, pero en versión lusa….
No hacía mucho que habíamos partido de puerto y ya vislumbramos en alta mar varios grupos de pardelas posadas en la superficie o revoloteando nerviosas sobre una determinada zona, señal inequívoca de que había alimento bajo sus patas. Mientras tomábamos unas imágenes del espectáculo en superficie, empezamos a ver varias aletas de mulares surcando la zona de algarabía, obviamente bajo el mar se estaba montando una “bola” de pescado.
Ansiosos, nos acabamos de vestir, y ayudados por nuestras aletas de “pinchotas” (hay que pedalear bastante para seguirlos), nos deslizamos por la borda en silencio, el corazón bombeaba rápido y podía oír mi respiración mientras me dirigía hacia el grupo de chillonas pardelas, a unos 25 metros, un grupito de chicharros acorralados se desplazaba nerviosamente de un lado a otro.
Mientras, un grupo de más de 20 delfines los presionaban por varios flancos, unos nadaban lentamente y otros atacaban la bola regularmente atrapando unos cuantos en cada embestida. Cuando la bola se acercaba a superficie, decenas de pardelas se sumergían como balas negras, envueltas en plata, y atrapaban con sus picos a los incautos chicharros. Uno de los mejores “chous” submarinos que he visto nunca.
A través del visor de la cámara intentaba mantener el encuadre mientras seguía pataleando tan rápido como podía, pues el espectáculo no era fijo sino ambulante. En un momento dado, los chicharros cambiaron de rumbo y se dirigieron a mí, rodeándome, y quedándose a mi abrigo como si fuera un tronco muerto flotando en el mar. Gracias, chicharros…
UN TRUCO DE SUPERVIVENCIA
Luego Marc me explicaría que ese comportamiento lo tienen como protección a los ataques de los delfines, puesto que cuando tienen algún cuerpo en superficie (un barco, un tronco…) que les impide moverse con comodidad, suelen parar sus acometidas. El truco es sumergirse unos metros en apnea, para que te abandonen, vuelvan a estar libres y comience de nuevo la gran “perfomance.”
Agotados pero contentos regresamos a la barca con imágenes en nuestra retina, y lo que es más importante, en nuestras cámaras, así las podemos compartir con vosotros.
El año que viene volvemos, palabrita del niño Jéssus. Para realizar las fotografías y filmaciones se respetaron todas las reglas en vigor, siempre teniendo en cuenta el bienestar de los animales. Tales actividades de registro de audiovisuales fueron autorizadas por la Secretaria Regional del Ambiente y del Mar de Azores.
Texto: Carlos Virgili, con la ayuda inestimable de Marc Fernández
Fotos:Carlos Virgili y Josep Lluis Casals / Risck |