buceando entre ballenas
(09-10-07)Uno de los mamíferos marinos que está al
alcance de los buceadores españoles son las ballenas piloto.
Pueden observarse ejemplares en el Mar de Alborán con
cierta facilidad, y en algunos otros puntos de nuestras costas,
pero sin duda el mejor lugar (incluso a nivel mundial) es Tenerife.
Por
supuesto, a Tenerife fuimos por primera vez hace unos cuantos
años, pero regularmente procuramos regresar. Siempre es
emocionante nadar u observar las evoluciones de estos mamíferos,
que tienen una multitud de denominaciones, siendo la citada la
más conocida, pero también se conocen como roaces
(en Tenerife), ballenas piloto de aleta corta (Estados Unidos),
pez-negro (Antillas), Calderón Tropical (España
) o Caps d´Olla (cabezas de olla, en Catalán)
Todos estos variados adjetivos definen sus características
más prominentes, siendo su nombre y clasificación científica
la de Globicephala macrorhynchus (cabeza de globo-gran hocico), cetáceos
odontocetos de la familia delphinidae. El porqué de su
más común denominación, parte
de la costumbre de los antiguos navegantes de escrutar la superficie
de los océanos en busca de su característica aleta
dorsal, a fin de encontrar la ruta correcta hacia la costa, sabedores
que dichos inteligentes animales les guiarían hacia la calma
de las grandes bahías, es decir, serían sus ¿involuntarios?
pilotos.
Zarpamos temprano, provistos de nuestras cámaras
terrestres y submarinas, los equipos de buceo, unos prismáticos y muchas
ilusiones. Después de navegar durante una hora bajo un cielo radiante
y sin nubes, avistamos un objeto flotante. Nos acercamos lentamente hasta unos
3 metros, preparo la cámara y cuando pongo el dedo en el disparador,
desaparece con un borboteo en las profundidades el objeto de nuestra atención,
una tortuga boba (Caretta caretta) que flotaba indolentemente en la
superficie tomando el sol como si de un turista nórdico se tratase.
En fin, otra vez será...
ENCUENTRO CON DELFINES
Proseguimos la singladura oteando el horizonte con
los binoculares ¡Aletas a estribor!, el patrón acelera hacia ese
rumbo y casi me hace caer al agua desde lo alto de laembarcación donde me había subido, haciendo equilibrios
cuasi circenses, para tener mayor campo de visión. Nos acercamos
los últimos metros con cautela para no provocar de nuevo su
huida, y comprobamos que son delfines.
Bien, no es nuestro objetivo, pero obviamente no vamos
a despreciar la oportunidad de fotografiarlos debajo del agua. Saltamos precipitadamente
por la borda, no sea que cambien de parecer. Al nadar vigorosamente hacia ellos,
se sumergen; me dirijo cámara en ristre hacia una pareja con su cría
amorosamente escoltada entre adultos.
De repente, cuando estoy a unos 3 metros de ellos
y a 12 de profundidad, el macho gira bruscamente y con dos golpes de aleta
se planta delante mío con una mirada en la que puedo leer agresividad
y una advertencia: ¡Hasta aquí has llegado, humano! Freno mi descenso
y ni tan siquiera atino a disparar, he entendido su mensaje y asciendo hacia
la superficie. Un delfín, animal sociable donde los haya, es capaz de
matar a un tiburón y por supuesto a un servidor, si cree que puedo poner
en peligro la vida de su cría.
¡BALLENA A LA VISTA!
Seguimos nuestro periplo, un tanto descorazonados
visto lo poco colaboradores que están hoy los animales marinos. Al cabo
de unos minutos diviso un inusual y ajetreado movimiento de gaviotas sobre
una espumosa -en un mar liso- superficie. ¡Gas
a tope, son ellas! Las máquinas fotográficas de “tierra” comienzan
a ametrallar sus aletas curvadas, intentando captar el chorro de
agua y aire que expulsan por su orificio respiratorio, el espiráculo,
con una regularidad de una inspiración voluntaria y no refleja
por minuto.
Pueden descender hasta 60 m. de profundidad y permanecer
en apnea durante 60 minutos. Ello lo consiguen gracias a la vasoconstricción
y la bradicardia (disminución del ritmo cardiaco). Además, en
sus enormes cabezas, en los conductos respiratorios, tienen una zona llena
de cera que normalmente está en forma líquida; cuando se sumergen,
al disminuir la temperatura corporal, esta cera se enfría aumentando
su densidad, ayudando así a la inmersión.
Con taquicardia en nuestros corazones, nos zambullimos
en el agua, uno por cada lado de la barca, y nadamos con movimientos suaves
pero vigorosos hacia ellas. El grupo está compuesto por unos 20 individuos,
si bien la “unidad social” normal es de 10 a 200 ejemplares. El
tamaño de las hembras oscila entre los 5 y 6 metros de largo, el de
los machos entre 6 y 8, variando su peso de 800 a 3.000 kg. El poder fotografiarlos
no es tan sencillo como nos imaginábamos, ya que se desplazan constantemente
a unos 8 km/h, alcanzando puntas de 40 km/h.
Al principio no colaboran mucho con nosotros, ya que cuando nos acercamos
a ellas se sumergen hasta unos 10 m, y allí esperan que nuestra reducida
capacidad pulmonar nos obligue, después de dos o tres fotos, a volver
hacia la superficie. Mientras las fotografiamos se giran sobre un costado para
observarnos mejor, su diminuto ojo rebosa inteligencia. Leo en él que
no me tienen miedo, pero aún no hemos sido presentados y hay que conservar
las distancias... Su visión es en blanco y negro, no pueden ver pues
los colores de nuestros llamativos trajes de neopreno.
Al cabo de una hora de
estar en remojo, aparece una bandada de delfines hocico de botella
o mular (Tursiops truncatus),
si bien es más común que ellas compartan su hábitat
con otro delfín, el listado (Lagenrhynchus obliquidens).
Aprovechan su compañía para la caza en equipo,
que practican de noche, siendo su manjar preferido los cefalópodos
y ocasionalmente algunos peces que ingieren enteros, ya que sus
8 a 12 pares de cónicos dientes sólo sujetan las
presas, sin triturarlas. Consumen entre 25-50 kg diarios de alimento.
Vislumbro a mi izquierda una pareja con
un bebé entre ellos (colocado de igual manera que la cría de
delfín vista anteriormente) y me dirijo hacia ellos, se sumergen y me
obligan a bajar a casi 15 metros, el bebé me observa con una mirada
entre amistosa y divertida ¿se estarán riendo de mis esfuerzos
apneísticos?
UNA COMADRONA AYUDA EN LOS PARTOS
Las crías de ballena piloto pesan
al nacer unos 65 kg, casi como yo, un humano adulto, y miden metro y medio.
Ahí si que les gano... aunque por pocos meses.
Los bebes son fruto de un breve acoplamiento (5 a 10 segundos,
también como yo...) y nacerán al cabo de 15 o 16 meses
ayudados por otra ballena adulta que oficiará de comadrona,
auxiliando al recién nacido a ascender a la superficie, a
fin de que puedan obtener su primera bocanada de aire vivificante.
La lactancia durará entre 16 meses
y dos años, y su crianza unos 3 años. Alcanzarán la madurez
sexual, si es hembra a los 6 años y siendo macho a los 11. Llegan a
vivir entre 30 y 50 años. Su dorso está cubierto de cicatrices,
especialmente el de los machos. Es el resultado de los combates que se producen
para controlar el harén, ya que éstos cetáceos son polígamos.
Ocasionalmente algún ejemplar muestra señales de las ventosas
de calamares gigantes.
Han pasado ya un par de horas y se muestran
ya menos cautas. Si alargara la mano podría tocarlas, pero cierto respeto
y la visión de sus dientes me lo impiden. Una cosa nos llama poderosamente
la atención, cuando nadamos hacia ellas y especialmente hacia las crías,
emiten unos sonidos agudos perfectamente audibles debajo del agua; estos aumentan
de intensidad viniendo de todas partes, cuando nos aproximamos a un ejemplar.
UTILIZAN UN LENGUAJE EVOLUCIONADO
Las piloto emiten dos tipos de sonido, los
pitidos de comunicación y los “clics” de orientación,
utilizados para cazar. Disponen pues de un lenguaje evolucionado, que no ha
sido descrito, utilizando un amplio registro de sonidos, 10 veces más
amplio que el humano. Estos sonidos son captados
por el órgano espermacético situado en el maxilar
superior, en su prominente cabeza, teniendo una función parecida
al sonar, amplificando los sonidos, y regulando también su
flotabilidad. Esa capacidad, hace que cuando se producen fuertes
sonidos en su hábitat, como explosiones, o sonares militares,
padezcan severos daños, llegando a la muerte incluso.
Nos despedimos de ellas después de
3 horas de compartir su vida, entusiasmados y felices, pero con dos negros
pensamientos que enturbian nuestra alegría. Actualmente las ballenas
piloto siguen siendo cazadas en Japón (800 anuales) y en las Antillas
(300 al año). Esta pesca ha reducido su población en un 10%.
Casi anualmente se produce un triste fenómeno; las ballenas piloto de
instinto gregario siguen a un líder, si éste, por diversas razones:
stress, enfermedad, fallos de orientación... ve perturbado su órgano
espermacético, puede arrastrar consigo a todo su grupo a un varamiento
masivo, irreversiblemente letal, un suicidio colectivo.
Un fin fácilmente evitable de no
haber seguido a su guía, su líder, su piloto. Las ballenas que
guiaban a los errantes marinos, devolviéndolos a su rumbo, mueren, pues,
por haberlo perdido. Triste fin para tan inteligente, bello y pacífico
ser.
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NOTA
DEL AUTOR: Hoy en día está prohibido bucear
con ellas sin un permiso especial, estando regulado su avistamiento
por severas normas dictadas por el Gobierno Canario, que
se respetan –más o menos- por la flota de embarcaciones
que partiendo de Los Cristianos, transporta a miles de turistas
cada año con el fin de ver delfines y ballenas en
su hábitat.
Por otro lado, los ferrys que unen las diferentes islas,
especialmente La Gomera y Tenerife, embisten con su afilada proa,
de vez en cuando, a alguno de estos bellos animales, causándoles
obviamente la muerte, pues las ballenas piloto suelen navegar por
la zona Sur de la isla, perpendicularmente al recorrido de estos
rápidos buques.
Hawaii y Tenerife, son los dos únicos lugares del
mundo donde existen familias de ballenas piloto sedentarias. ¿Hasta
cuando?
Texto y fotos: Carlos Virgili /
Risck