(10-06-10) Esta pequeña isla del Pacífico mejicano se ha convertido en un verdadero paraíso para la observación de tiburones blancos. Su abundante población y aguas claras hacen de ella un lugar único en el mundo.
En pleno siglo XXI, en la época de mayor tecnificación conocida, sorprende que todavía queden resquicios de un pasado atávico, no tan lejano en el tiempo. A expensas de descubrir al calamar gigante y algún que otro “monstruo” de las profundidades, hay un gran protagonista en el mar, para muchos sinónimo de maldad y crueldad: el tiburón blanco.
Como en la gran mayoría de los casos, la falta de conocimiento, unido al sensacionalismo y al escaso rigor, han convertido a este magnífico animal en la personalización de todos los males oceánicos. Lejos de películas, reportajes infundados y falsas noticias, hay que acercarse al mundo de este gran depredador con la mirada limpia de prejuicios, dispuesto a observar a uno de los seres más increíbles que habitan nuestros océanos.
UN LUGAR PERDIDO EN EL PACÍFICO
La isla de Guadalupe se sitúa en pleno Pacífico mejicano ( no confundir con la isla antillana del mismo nombre). Se localiza a 240 km de la costa de la península de Baja California, siendo el puerto de Ensenada su punto más cercano y desde donde parten los barcos.
Se trata de una isla volcánica con una extensión de alredor de 250 km cuadrados y de forma alargada. Fue descubierta en el año en 1602 por Sebastian Vizcaíno y permaneció largo tiempo ignorada. Es a principios del siglo XIX cuando se convierte en coto para cazadores de lobos y elefantes marinos, y posteriormente como lugar de recalada para balleneros, con un brutal impacto ecológico. Ya en el siglo XX cuenta con una mínima población de pescadores de abulones y langostas, así como una pequeña guarnición del ejército mejicano, que sigue hasta nuestros días.
Pero cuando empieza a cobrar fama es recientemente, en los primeros años del actual siglo, al descubrirse el tesoro que guardan sus aguas. Algunos barcos de pesca deportiva americanos acuden aquí en busca de grandes peces, sobre todo, atunes. Es en estos lances cuando se empieza descubrir la abundancia de tiburones blancos, lo que digamos, que sitúa a la isla en el mapa mundial de los grandes destinos de buceo.
Por fin en 2005 el gobierno mejicano declara toda la zona como Reserva de la Biosfera con una extensión de 476.971,2 Ha y desarrolla un plan de gestión. Recordar que desde el año 2001 el tiburón blanco se encuentra protegido en las aguas mejicanas, como especie amenazada.
LA NATURALEZA EN GUADALUPE
Los valores naturales de la isla son muy grandes, destacando la población del lobo fino de Guadalupe (Arctocephalus towsendi), única durante mucho tiempo y desde donde se han ido recuperando poblaciones de otras islas. También hay que citar la colonia más grande de elefante marino (Mirounga angustirostris) de todo el Pacífico. Igualmente, varias especies de aves y diferentes endemismos vegetales, componen esta joya natural.
Pero sin duda en los últimos años son los tiburones blancos los grandes protagonistas de la isla. Es poco lo que se sabe de ellos aunque existen varios proyectos científicos en marcha (ver recuadro). Probablemente estemos ante la mayor concentración conocida de le especie, que podría rondar los 300 ejemplares.
Acuden a la isla entre junio y octubre, primero los machos y después las grandes hembras. Parece que podría tratarse de una cita amorosa, ligada a la reproducción. En cualquier caso las condiciones de presas son excelentes, con animales ricos en grasas como los grandes atunes y los lobos y sobre todo elefantes marinos.
Pasada esta época los animales se dispersan, aunque parece que quedan una pequeña población estable en la isla. Su área de dispersión se situaría en medio del Pacifico, cerca de las Hawaii, donde también se concentran grandes bancos de túnidos, pero aún nuestro conocimiento es muy limitado.
PRIMER ENCUENTRO
Después de casi un día de navegación desde Ensenada a bordo del Sea Escape, aparece en el horizonte Guadalupe. Los primeros y anaranjados rayos de sol de la mañana, apenas logran disipar los jirones de niebla y nubes, que todavía cubren sus partes más elevadas. Sus muros volcánicos, se tiñen con los colores cálidos de la aurora en el Pacífico.
Presenta este halo de misterio y gran atracción de las islas oceánicas, perdidas en medio de la inmensidad del inconmensurable océano. La mente la asocia con otras islas de película como las del Parque Jurásico o King-Kong, con la diferencia de que los “monstruos” aquí, no viven en la tierra sino en el mar.
Anclamos en una especie de golfo, protegidos de los vientos, lo que permite un agua muy tranquila y transparente. Es un lugar que nos recuerda la entrañable Mar de las Calmas herreño. Terminadas las maniobras se lanzan las jaulas al agua con gran estruendo, y se comienza a distribuir los cebos fijos, ya que no se permite arrojar restos no atados ni sangre, aceite, etc.
La mañana es perfecta, el agua es totalmente azul, ideal para divisar cualquier visitante. Van pasando los minutos, ante la impaciencia general. Aunque sabemos que hay muchos tiburones, nada asegura que el encuentro sea rápido, como nos confirma Fernando Aguilar director del Club Cantamar y armador de nuestro barco.
¡Tiburón! ¡shark! La voz del marinero parece amplificarse en el anfiteatro rocoso que nos rodea. ¿Dónde, donde? Es la pregunta. Pero pronto vemos una inconfundible silueta que se desliza por la popa, cerca de las jaulas. Un joven macho, de unos 3 metros comienza a deambular por la zona. Es el simple aperitivo de lo que llegará, ya que durante todos los días que allí permanecemos se suceden continuas pasadas de diferentes ejemplares, más o menos curiosos, más o menos grandes, más o menos….pero siempre ¡impresionantes!
AL AGUA
El buceo se efectúa desde jaula en la superficie, por medio de narguiles, lo que posibilita que sea una experiencia para la que no es necesario saber bucear. Las jaulas permiten protección y una relativa comodidad. Disponen de una parte más abierta para la observación y, sobre todo, para la captación de imágenes.
Como suele ocurrir, la “primera vez”, siempre se recuerda. Y en el caso del Gran Blanco, el primer encuentro implica, necesariamente, un antes y un después en la vida de cualquier buceador. Los 20-25 m. de visibilidad nos permiten un excelente campo de visión. Así en la parte frontal, vemos en la lejanía una forma que va definiéndose. Tantas y tantas veces visto en los documentales, tenemos ante nuestros ojos al verdadero señor de los océanos. Se trata de una gran hembra “chica”, una de las más de 100 identificadas en la zona.
Lejos de los clichés, mil veces vistos, el animal no muestra ninguna agresividad. Pasea de modo indolente por toda la zona, no mostrando especial interés por el espléndido cebo de atún que cuelga de la boya. Pese a la ausencia de esa violencia cinematográfica, la escena es impresionante.
Estamos ante un animal enorme que supera holgadamente los 4 m de longitud. Pero, quizás, más que sus dimensiones sea su robusta estructura lo que más destaque. En efecto, en esta zona, los tiburones son menos estilizados que en otras zonas como Sudáfrica.
Durante todas nuestras inmersiones este será el comportamiento imperante: tranquilidad total. Algunos ataques a los cebos, pero nada que se parezca a esa inusitada violencia que estamos acostumbrados demasiadas veces a ver. Es probable que estemos ante comportamientos más naturales ante la ausencia de estímulos artificiales, ¿una nueva forma de ver la especie? Estamos seguros de que sí.
Texto y fotos: Juan Carlos García
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