(21-09-09) Todo el
exotismo soñado de los Mares del Sur, se concentra en las lejanas
islas de Fiji. Naturaleza exuberante, cálidos lugareños y un
mundo submarino espectacular.
Una típica
pregunta de colegio era dónde estaban las antípodas de España.
¿Anti… que? Podía ser la respuesta clásica de muchos niños. Con
este término nos referimos a la parte del planeta que se sitúa
justo en el extremo contrario de donde estamos, pues bien, en el
caso de la península ibérica las antípodas se localizarían en las
proximidades de las islas Fiji, situadas en medio del Pacífico.
Este lejano y pequeño
archipiélago se encuentra a 1.770 km al N de Nueva Zelanda, presenta
todos los ingredientes clásicos de los mares del Sur, y por supuesto
un buceo de primera, que lo convierte en un destino soñado por
todos los submarinistas del mundo.
la isla de kadavu
En esta ocasión vamos
a descubrir una de las zonas más remotas del archipiélago. Se
trata de la isla de Kadavu que se encuentra a unos 90 km al sur
de la isla principal, Viti Levu. Allí se viene realizando desde
hace algunos años un interesante fenómeno de turismo ecológico,
con la creación de una reserva de pesca “privada”, gestionada
por las propias poblaciones locales y en la que el buceo adquiere
especial importancia.
A cambio de una autorregulación
de los pescadores, éstos cobran un pequeño impuesto a los buceadores
que garantiza la buena conservación de los arrecifes. Aquí no
son bienvenidas las grandes flotas asiáticas, que siembran de
muerte los mares de la región.
El buceo en la zona se
articula alrededor del Gran Arrecife Astrolabio que recorre durante
más de 120 km toda la costa sur-suroeste de la isla. Grandes
extensiones coralinas se alinean como una gran barrera que protege
la exuberante costa de las tormentas y tempestades. A la vez
que se abren varios pasajes y bajos, que son los más interesantes
para la exploración submarina. La fauna es abundante y, sobre
todo, espectacular.
En estas turquesas aguas
se puede hacer realidad el sueño de cualquier submarinista, ya
sea por la abundancia, tamaño o rareza. Ballenas o calderones
que, en su paso migratorio, llegan a entrar en la laguna coralina,
mantas, diferentes tipos de tiburones, marlines o tortugas harán
las delicias de los amantes de los grandes encuentros. Pero para
los aficionados a lo diminuto, el pez pipa fantasma o la morena
cinta, junto a numerosas gambas en los abundantes blandos o nudibranquios
multicolores, nos harán caer en un mundo de fantasía.
al encuentro de las mantas
Uno de los grandes atractivos
de la zona es la abundancia de mantas, con observaciones casi
garantizadas. Para ello nos situamos, tras una larga travesía,
en Manta Point, una meseta coralina con un fondo de entre los
15 y 20 m, lugar de cita de estos grandes animales.
Recorremos expectantes
el fondo marino, escudriñando cada rincón. Pasan algunos minutos;
pero los animales no van a faltar su cita. Dependiendo del momento
del día y, también de la época, las podemos ver desparasitándose
o comiendo. En el primer caso están más tranquilas; pero el segundo
es, sin duda, mucho más espectacular.
Las mantas
vienen del azul y comienzan a girar sobre si mismas en
una especie de emocionante danza circular, todo un espectáculo.
Con sus grandes bocas y las aberturas branquiales a pleno
rendimiento, introducen ingentes cantidades del diminuto
alimento que, en forma, de plancton flota en las aguas.
Parecen no cansarse de
girar en lo que en el fondo, es un auténtico festín para ellas.
La parte negativa de este ballet sumergido es que, evidentemente,
la claridad no es mucha, debido precisamente a la cantidad
de comida que, al fin y al cabo, es por lo que viene hasta
aquí.
eagle rock
Una de las diferentes entradas
que se abren en el arrecife es conocida como Eagle Rock, ya que
hay una gran roca situada en su centro y suelen ser frecuentes
los encuentros con águilas marinas. Es una zona de corriente,
y con gran abundancia de vida. Así, nada más sumergirnos, nos
dan la bienvenida dos bancos, uno de pequeñas barracudas y otro
de carángidos, prólogo de las emociones que vamos a vivir.
Iniciamos
el descenso hasta divisar la gran roca, apenas hay corriente
y no vemos demasiados animales. Nuestro dive master Jon, oriundo
de la zona y verdadero descubridor de estos fondos, comienza
a iniciar un extraño ritual. Saca del bolsillo de su chaleco
una pequeña botella de plástico y la llena parcialmente de
agua. ¿Qué está ocurriendo? ¿narcosis?, apenas estamos a veinte
metros. Finalizada la operación empieza a frotarla entre sus
manos.
Un sonido sordo y contundente,
se va extendiendo por el arrecife sumergido. El ritmo va aumentando
en una especie de frenético “crescendo”. De pronto los tiburones,
como por arte de magia, comienzan a aparecer, primero unos de
punta blanca y luego varios grises. Los escualos, sin duda, se
sienten atraídos por el sonido, pues se acercan bastante a nosotros.
Primero dos, tres, cinco, hasta diez ejemplares podemos llegar
a contar.
Esta técnica, como
luego nos contará Jon, atrae a los tiburones. Vienen a averiguar
de qué se trata y originalmente estaba muy extendida por
el Pacífico ya sea con sonajeros de conchas, instrumentos
de madera, etc. Se trataba de lograr captar la atención del
tiburón para atraerlos y poder pescarlos. Hoy en día han
cambiado los objetivos y los instrumentos; pero los animales
siguen sintiendo curiosidad por esta especie de llamada ancestral,
un sonido ajeno a su mundo silencioso.
nagoro passage
Se trata de una inmersión
complicada; pero, a todas luces espectacular. Se desarrolla en
un gran pasaje que la fuerza del océano ha ido excavando durante
cientos de años en el arrecife. Aquí la muralla coralina se ha
resquebrajado frente al empuje de la fuerza del mar. De este
modo se ha creado un pasaje en forma de “v” perfecta que comienza
en la laguna para acabar en el profundo azul del océano abierto
y salvaje.
Evidentemente las corrientes
en la zona son fuertes, muy fuertes y hay que extremar las precauciones,
además de tener una buena planificación y conocimiento de la
zona. Comenzamos aprovechando la corriente saliente. Estamos
ya bajo el agua y poco a poco la corriente va siendo más patente
y nos va empujando hacia mar abierto. Un tiburón martillo nos
acompaña en estos primeros compases. En la zona más próxima a
la costa podemos ver gorgonias y corales blandos que se benefician
del hidrodinamismo del área.
Pero a medida que avanzamos
las paredes van desnudándose de vida, fruto de la virulencia
de las masas de aguas. Una tortuga parece servirnos de guía en
este paseo oceánico, que va cobrando fuerza a medida que nos
acercamos a su salida. Las paredes son cada vez más pronunciadas
y profundas y el azul del mar abierto cobra un intenso cromatismo
azul.
En un abrir y cerrar
de ojos estamos fuera y debemos localizar la pared exterior para
nos perdernos en la inmensidad marina. Las sorpresas en esta
zona son grandes, con numerosos tiburones grises y puntas blancas,
así como la lejana silueta de un tiburón tigre. Grandes napoleones
o enormes atunes pasean por toda el área.
Aún tendremos tiempo de repetir la experiencia;
pero esta vez en sentido contrario desde el mar hacia la laguna.
Es un interesante contraste poder ver dos realidades distintas.
En este caso es fundamental el buen hacer de nuestro dive master,
para localizar la entrada y encauzarnos en esa especie de gigantesco
embudo que, con la corriente entrante, nos introduce con rapidez
en la laguna, donde podemos divertirnos con la gran abundancia
de peces tropicales, un regalo para la vista, tras un trepidante
inmersión.
Texto y Fotos: Juan Carlos García