(30-01-12) Desde hace algunos años y ante el auge del buceo en nuestro país, han surgido diferentes propuestas que van más allá de la clásica “inmersión mediterránea”. Así, si buscamos emociones diferentes es posible sumergirnos bajo el hielo sin tener que alejarnos demasiado. Los lagos pirenaicos nos esperan.
El Pirineo no es ya sólo esquí, senderismo o escalada. Fruto de la intensa acción milenaria de los hielos, numerosos lagos, de diferentes formas y tamaños, se han convertido en pequeños oasis acuáticos que rompen el agreste paisaje pirenaico. Podemos explorarlos durante la época del deshielo, pero también cuando están por completo congelados, lo que se convierte en una verdadera aventura: el buceo bajo el hielo.
UN ENTORNO DIFÍCIL
Este tipo de inmersión sobrepasa las prácticas habituales del buceador recreativo, siendo necesario un nivel de preparación superior, así como contar con un equipo más especializado. Estamos hablando, para empezar de un buceo que se hace en aguas extremadamente frías por lo que el riesgo de hipotermia es elevado. La menor temperatura permite una mayor absorción de gases por los que los cálculos de la descompresión varían.
Se trata de submarinismo en altitud, lo que conlleva una menor presión atmosférica lo que nos provoca un mayor nivel de saturación. A todo ello le debemos sumar que estamos en un buceo bajo techo, es decir, no podemos salir a la superficie en caso de apuro, puesto que se encuentra la capa de hielo sobre nosotros
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Estas adversidades climáticas nos obligan a contar con un equipamiento especial. Como parece lógico lo primero será un traje seco, fundamental para poder mantener nuestra temperatura corporal, el dominio de este traje requiere de alguna experiencia previa. El regulador es otra pieza clave, siendo recomendable disponer de dos completos, es decir, primera y segunda etapa montadas en doble grifería, siendo imprescindible que cuente con un kit de aguas frías para evitar la congelación. Finalmente un carrete de hilo y una linterna son aliados fundamentales.
PROTOCOLOS ESPECIALES
El buceo bajo el hielo comporta una serie de riesgos ajenos al buceo puramente deportivo. Para realizarlo de modo seguro es recomendable disponer de personal especializado que dirija la inmersión, o mejor aún, realizar un curso específico de esta modalidad.
Las primeras maniobras buscan una entrada al agua, para ello se hace uso de motosierras, preferentemente eléctricas, por ser menos contaminantes. Se efectúa un corte triangular, pues de este modo hay menos riesgos de roturas. Toda esta operación se realiza con el traje de buceo puesto, para prevenir posibles roturas o caídas, y asegurados a un punto en tierra.
Ya hemos comentado con anterioridad las especificaciones del equipo que debemos utilizar, es importante remarcar que no comencemos a respirar a través del regulador en superficie pues podría, congelarse rápidamente la segunda etapa.
Los protocolos en esta disciplina son, aún más estrictos que en el buceo normal. La pareja es aquí absolutamente indispensable y se encuentra unida, literalmente, por medio de un cabo, a su vez nos guiamos siempre por un cabo guía que nos indica el camino, a la vez que sirve para comunicarnos con la superficie. Es por lo tanto imprescindible que haya buceadores en superficie, pendientes del cabo guía y listos para una eventual emergencia.
Es importante, como en cualquier tipo de buceo mantener un buen equilibrio para no enturbiar el fondo y no perjudicar la poca vida existente allí. Debemos equilibrarnos con nuestro chaleco y no con la inyección de aire en el traje seco.
BAJO LA CAPA DE HIELO
Bajo el agua y dependiendo del grosor de la capa de hielo y de la claridad del día, podemos percibir una tenue luz lechosa que encierra un profundo misterio, más abajo se cierne la más absoluta oscuridad. Una curiosa sensación es ver las burbujas como se disipan por el techo helado como si fueran manchas de aceite en el agua.
También es sorprendente poder llegar a vislumbrar el paisaje circundante y las personas que están sobre nosotros. Los habitantes de estos lagos de montaña son escasos, y más en este momento del año; las truchas suelen ser las únicas formas vivas que percibimos.
Estamos hablando siempre de inmersiones necesariamente breves y sin descompresión, a causa del intenso frío. Este dificulta la coordinación muscular y atenúa la sensación de tacto, por lo que el buceador debe recibir ayuda de los compañeros que están en superficie. Por último es importante tapar el agujero que hemos efectuado, pues de lo contrario se puede convertir en una auténtica trampa mortal para los animales o, incluso, posibles viandantes.
Texto y fotos: Juan Carlos García
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