COMIENZA EL ESPECTÁCULO
Los
menos rápidos salieron hace horas para no llegar tarde: estrellas
de mar y nudibranquios se saludan por el camino y comentan inquietudes.
Tiempo no les sobra al ritmo que van y una tortuga les sigue y se
queja de su paso, ironías del mar.
P
or el camino, entre
dos aguas, un grupo de jóvenes sepias hacen una pintada con
tinta de calamar anunciando el espectáculo que se realizará en
breves momentos. Un rape le comenta a una escórpora que estos
actos se van repitiendo asiduamente y a la escórpora se le
ponen las espinas de punta.
Un banco de barracudas gemelas se dirige hacia la concentración y
un par de meros se las miran con cara de tontos. Un congrio le pregunta a una
morena cómo llegar y de paso aprovecha para ligar y que le explique donde
ha conseguido ese bronceado, ya que está harto de tener ese color pálido.
Mientras tanto, un grupo de anémonas se despeinan al paso de una corriente
submarina
El escenario está preparado:
las mantas y águilas marinas se balancean y dan vueltas confundiéndose
con cortinas y telones; los es pirógrafos y las gorgóneas,
como ramos de flores, adornan el entorno; Las medusas y carabelas
portuguesas iluminan el espacio simulando lámparas de lágrimas.
-su suerte, es que nunca nadie les ve llorar-; los peces trompetas
amenizan la espera mientras las mantas y las rayas se retiran para
dejar ver el espectáculo.
En el escenario no hay teloneros y
ni falta que hace pues un entorno tan maravilloso no necesita de
presentación.
Comienza el espectáculo:
bajando desde las rocas de superficie aparecen con unas vestimentas
de variados colores, de formas poco aerodinámicas y haciendo
muchas burbujas. El espectáculo está servido: las gambas,
langostas y bogavantes aplauden desde su refugio; los sargos y las
doradas se acercan sin inmutarse simulando la casualidad del encuentro;
un grupo de bailarinas españolas y liebres de mar danzan junto
a las castañuelas al ritmo de un mar de fondo amenizado por
unas ostras y almejas; el más viejo de todos con sus
8 tentáculos gesticula esperando que los nuevos inquilinos
del mar contribuyan con respeto a la conservación y protección
de su entorno maravilloso.
Los atunes son los más rápidos en
abandonar el lugar mientras acaban la consumición de mar de cava. Unas
lubinas se refrescan en una termoclina, mientras la brigada de limpieza de salmonetes
recoge los desperdicios abandonados. Ya de vuelta, un grupo de salpas, dando
tumbos y con una resaca increíble preguntan a las estrellas y nudibranquios
el camino de vuelta al espectáculo y ellas contestan que se dirijan hacia
el fondo a la derecha.
El fondo a la derecha nunca se acaba; es la ventaja
del mar. Su inmensidad y grandeza nos hace ver los grandes acuarios como simples
peceras. Las salpas siguen hacia el fondo donde los colores se pierden, salvo
por la iluminación de focos y linternas de los que nos sumergimos para
ser los protagonistas del espectáculo.
Los colores aparecen donde no estaban antes, gorgóneas
amarillas, rojas y naranjas entre las grandes paredes verticales del fondo marino.
En cada cavidad iluminada aparece un color diferente:
los pequeños nudibranquios lilas y azules eléctricos se exhiben
con sus tatuajes y dibujos diseñados en su piel; los crustáceos
se pasean entre sus escondrijos con tonos rojizos y naranjas; las esponjas y
algas recubren las rocas dándoles la belleza aterciopelada deseada; las
morenas moteadas y los congrios diferencian sus bellas tonalidades; y, los sargos
y doradas reflejan la luz de los focos y brillan hasta desaparecer en el fondo.
El fondo se dibuja
oscuro, gris y de formas ovaladas. La sensación de adentrarse
en lo desconocido hace aumentar los índices de adrenalina
como si fuera la primera vez, a pesar de ir menos nerviosos y más
seguros pero con el mismo respeto a lo desconocido.
Las salpas no
se ven ni por casualidad y nosotros, con nuestros ruidos burbujeantes
continuamos la aventura en las profundidades.
El silencio es diferente,
la luz del sol se difumina, el gorgoteo y movimiento de los peces
no se dibuja tan nítidamente como en la superficie, los movimientos
son lentos y la inquietud nos invade por momentos, pero, la experiencia
suple la indecisión y predomina la seguridad.
Como grandes mamíferos disfrutamos del privilegio
de las profundidades sin rebasar el límite permitido. En grupos de dos
en dos avanzamos hacia el acantilado de gorgóneas multicolores. El descenso
es lento y seguro. La sensación de la bajada en vertical resulta una experiencia única
y relajante mientras se desciende disfrutas del paisaje; de sus formas y colores;
de animales y plantas.
El agua transparente hasta que la vista decida
no serlo nos da la garantía de una buena orientación. Con prudencia
y cautela avanzamos hacia la pared contraria a la del descenso que nos muestra
otras maravillas escondidas: una cavidad oscura y grande que duplica nuestro
tamaño y nos invita a introducirnos sin presentación.
Nos reclama la necesidad de explorar lo desconocido
y sin arrastrarnos por el fondo nos introducimos en la oquedad iluminada por
haces de luz de nuestras linternas y focos.
Aquí el eco de las burbujas nerviosas buscando
como escaparse nos indica que no hay salida en dirección vertical. Seguimos
adentrándonos hacia el interior donde crustáceos, langostas, congrios
y morenas se refugian a nuestro paso y los chasquidos en los escondites de los
animales nos indican que nos observan al pasar.
Sin perder de vista
la entrada nos recreamos del capricho de la naturaleza sin
prisas y, con decisión, abandonamos la oscuridad hacia el
exterior que se percibe como un gran ojo que
nos mira, nos espera,
y que nos recibe indicándonos el camino de vuelta.
Subimos lentamente, mientras las burbujas van aumentando
de tamaño en su acelerado ascenso hasta acariciar la superficie y confundirse
con el aire.
Seguimos descubriendo nuevas sensaciones hasta
llegar a una cota de poca profundidad donde reconocemos espacios, formas y mismos
inquilinos que al descender descubrimos.
La claridad se hace patente y más nítida.
Es un espacio abierto de grandes dimensiones donde los rayos del sol nos guiaron
hacia el fondo y ahora nos guían hacia la salida.
El
arco iris de vida y colores se muestra casi en la superficie, donde
el espejo del agua nos dibuja el perfil de otra vida y nos
hacer recordar el privilegio de sumergirnos. De no olvidar lo que
somos, de cómo y con qué medios y mecanismos modernos
es posible nuestra corta permanencia en el fondo, si perder el respeto
al entrañable amigo, el mar.
Y al emerger, casi
como un ritual, miramos por última vez el fondo para agradecerle
que nos acoja en sus aguas y deseando que con la experiencia adquirida
podamos trasmitir a las generaciones futuras nuestro amor y buen
hacer para que su preservación sea una realidad y así poder
corresponderle con el mismo trato que él nos ha dado.