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DE PULPO A BULBO

      Aún recuerdo aquellas jornadas de asueto, colgado de los tentáculos de mi padre (con cuidado, pues padecía una extraña enfermedad que afecta a los músculos), columpiándome con el mismo confort y libertad con que se columpia una ameba de no se sabe dónde en un mar salado. El nuestro, el mar donde no cabían más almejas de las que necesitábamos para comer, ni más ruido que el soportable. Luego vinieron las motos acuáticas, claro, y algunos submarinistas antipáticos, con sus cámaras y sus focos. Y alguna nécora esquiva, que siempre terminaba devorada por mamá.Cómo le gustaba a mi madre desmembrar aquellos cangrejos de ébano, y darnos después nuestra ración.

       PulpoCuando cazaron a papá yo estaba tratando de ligarme a Lola, una pulpita dicharachera que me tenía sorbido el cerebelo y ocupados por entero los ojos. Se me erizan los tentáculos con sólo pensarlo, lo de Lola. No me lo perdonaré nunca, lo de papá. Un buzo chipriota, con cara de mula, y tramposo como él solo, lo enganchó con un garfio. Papá no sufrió, estoy seguro. No luchó nada, y si papá no luchaba es que estaba muerto. Estuvo muerto muchas veces antes de que aquel pirata sanguinario se lo llevara a la superficie. Cuando estaba vivo no dejaba que nadie perturbara nuestra tranquilidad submarina. Le daba igual una morena o un marrajo: a todos los ponía en fuga con su cara de malas pulgas.

      Qué tiempos aquellos. Sigo viviendo en Valencia y sus inmediaciones, o eso creo, pues no sé apenas nada sobre cartografía, y eso que ahora peino canas. Si me caza un marinero gallego, y vivan sus huevos, que yo también los tengo, acabaré troceado por una pulpeira de ademanes automáticos, sobre una fuente de cinc. Nadie de quienes se me coman –porque obligatoriamente han de ser varios- va a darse cuenta de que tengo canas. A los pulpos la edad se nos nota por el tamaño de las ventosas, por el peso (yo ya voy por los cinco kilos y medio), por las canas y por otros detalles morfológicos que no pienso contar, ni me atrevo. Las canas al menos no se notan.

      Aquí estoy, creciendo y a un paso de estar incluso avejentado, viendo cómodamente desde mi casa cómo unos barcos afiladísimos se cruzan entre sí, como si buscaran algo muy valioso. Como si pugnaran sólo por cazar segundos. Sé hacia dónde se dirigen, y eso es lo que más me disgusta: sólo quieren cazar el viento, pero no necesitan nada para comer. No entiendo sus movimientos, pero sé dónde van a virar y que van a regresar aquí.

      La primera vez que vi de cerca el bulbo del Desafío Español pensé que era una broma. “Mazda”, ponía en un lado. Olía a plomo y era azul. Quién se habrá molestado –pensé- en poner su nombre sobre algo que nadie va a leer nunca fuera de aquí. Los que estamos aquí no sabemos leer, salvo algunos pulpos. Como nosotros, que hemos sido alumnos de Cuarzí, descendiente de Neptuno. Es un loco de atar, pero sabe leer en varios idiomas y, lo que es mejor, tiene vocación de maestro. Algunos días las rocas están llenas de bichos atentos a sus instrucciones, como si fuera el aula magna de las profundidades. Es el momento que aprovechamos Bruto y yo (Bruto es mi hermano) para comérnoslos, y Cuarzí siempre nos lo reprocha. Cuando está a punto de sacudirnos con el tridente (que es de coral negro, no como el de Neptuno, que era de durísimo hierro) se echa siempre a reír, porque aprecia que al fin y al cabo somos dos de sus mejores alumnos de español.

      El otro día estuve persiguiendo el bulbo del Luna Rossa. Es más alargado que el del Alinghi, y tiene un poco más de incidencia en los timones de profundidad (seguro que son láminas muy flexibles, por lo que sé que les pasa a los calamares). Conozco estos detalles porque he espiado a todos, sin excepción. También he espiado al Nueva Zelanda, que es el barco que debería ganar: oigo desde aquí cómo su tripulación está más envenenada de mar que ninguna otra. Y su barco es magnífico. Si gana, se irán todos de aquí, muy lejos.

      Me costó trabajo seguir aquel rayo más allá de los primeros metros. Pero como tengo radar (por si alguien no lo sabe, los pulpos tenemos un sistema de localización aún más eficaz que el de los delfines), pude detectar sin el menor contratiempo dónde unos y otros viraban, y dónde habrían de ir a parar sus devaneos. Somos grandes expertos en logística. Se dice que somos muy inteligentes, pero yo no lo creo, por lo menos no con carácter general. Hay pulpos que te hacen avergonzarte de ser un pulpo, y hasta de ser uno de los bichos más antiguos. Tal vez el chimpancé merezca una segunda oportunidad…, mejor si se aclimata a respirar en el agua.

      Gran parte de lo que pasaba, pasaba fuera del agua, en las velas, pero hasta ahí no he querido aventurarme.

      Yo querría no saber todo el tiempo dónde estoy, me gustaría sentirme perdido alguna vez, pero sé con una exactitud que me aburre dónde estoy cada instante de mi vida, irremediablemente, pues no consigo disociar mi cuerpo de mi mente. Les pasa a otros mortales, y como sé que les pasa, estoy Bulboun poco más tranquilo. Tampoco del todo.

      Donde sí me encuentro perdido es en la escala del tiempo. No sé si es hoy, ayer o mañana. Los pulpos carecemos por definición de la idea de futuro. No sé si es que carecemos de futuro, o que no sabemos dónde está exactamente tal cosa. Será eso, que no sabemos dónde buscarlo.

      Gran parte de lo que pasaba el otro día, mientras vigilaba absorto las evoluciones del Luna Rossa, pasaba fuera del agua, en las velas. Yo no entiendo nada de velas. Sé que es la parte sumergida del barco, que comprende también a la tripulación y todo lo que pasa en lo que ellos llaman “cubierta”, táctico incluido. No sé todavía cómo se las apañan para respirar fuera del agua, pero lo averiguaré. Para eso soy un pulpo, uno de los animales más listos que hay sobre la Tierra.

 
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