YELLOW SUBMARINE
(11-07-11) Una inmersión irrepetible y muy privada en profundidades más allá de donde llega la luz. Es la experiencia que ofrece en Honduras Karl Stanley, en su mini submarino “Idabel”, que ha descendido más de mil veces en la oscura Fosa Caimán, uno de los oscuros cañones de Roatán.
Idabel es la obra final de un joven visionario que, desde pequeño, quiso construir su propio submarino. Es un submarino amarillo del tamaño de un VW Escarabajo, con forma de tres burbujas de diferente tamaño unidas caprichosamente en una, y que puede descender a 3.000 metros de profundidad.
Conocimos a Stanley el año pasado, en nuestra última estancia en Roatán, pero no fue posible sumergirnos en la Fosa Caimán a bordo del Idabel, porque su “agenda de reservas” ya estaba completa durante los próximos ¡seis meses!
El día y a la hora concertados hacía ya ocho meses, mi mujer y yo entramos en el angosto hueco para dos pasajeros frente al gran ojo de buey en la proa del Idabel. Casi cuatro horas después emergíamos maravillados y agotados de descargar tanta adrenalina en un mundo aparte.
Pero vamos por partes. Después de una charla con vídeos y profusas explicaciones y tras pagar por adelantado el resto de la factura (total 550$, el 40% fue en la reserva) y firmar un pliego de descargo de toda responsabilidad para los propietarios en caso de accidente, entramos en el submarino amarillo por la escotilla superior, que da acceso al puesto de mando.
Hay que tener cuidado de no patear los controles del puesto de mando al pasar hacia delante y bajar al “puesto de observación”, una especie de banco pegado a la enorme ventana que da un mundo oscuro y desconocido, que ha sido visitado por muy pocos humanos. Un mundo de magia donde somos testigos en primera fila de un desfile de criaturas que, aunque conocemos su existencia, nos sobrecoge su visión a escasos centímetros.
OSCURIDAD TOTAL
A 100 metros la oscuridad era patente y mirando hacia abajo nada se veía, era la oscuridad total. Tas unos minutos de adaptarnos a la única y tenue luz rojiza del interior, Stanley nos sorprendió encendiendo los potentes focos exteriores, al tiempo que hacía temblar los altavoces con una pieza de rock sinfónico.
Al son de Pink Floyd, la repentina visión del colorido acantilado en contraste con la cercana oscuridad y los cientos de animales bioluminiscentes que nos rodeaban en ese momento, nos dejaron boquiabiertos y sin respiración. Horas después, ya en tierra, su hija Jessica nos contó que era un “numerito” típico de su padre en cada inmersión para impresionar a los clientes… ¡Vaya si lo consigue!
Repuestos de la puesta en escena, cuando bajan las pulsaciones y te ves mirando a través del grueso cristal, es cuando realmente tomas conciencia de dónde estás y te invade un profundo respeto por el medio marino y sus misterios. Te sientes muy poquita cosa en aquel ingrávido e inmenso mundo pero, al tiempo, te sientes poderoso, conquistador, aventurero. Sabedor que eres uno de los pocos elegidos que pueden admirar esa parcela del inmenso océano.
Es inevitable dar un vistazo rápido al profundímetro cada minuto. Por encima de nosotros hay una columna de agua de medio kilómetro. En ese momento no quiero ni pensar la tremenda presión que está soportando el casco del pequeño submarino amarillo, pero su diseñador, constructor y piloto segura que está pensado para alcanzar los 3.000 metros de profundidad. De hecho, en su período de pruebas, Stanley llegó hasta los 2.660 metros.
Nosotros llegamos hasta los 615 metros. Una profundidad que Stanley considera prudencial y más que suficiente para que sus pasajeros contemplen la intensa vida que reina en aquella oscuridad total.
LA BARRERA DE LOS 300 METROS
En ocasiones baja hasta los 1.000 con pasajeros muy especiales pero, generalmente, la mayoría de los que prueban por primera vez, no quieren descender por debajo de los 300. Dice Stanley que “a partir de los 300 metros es como una barrera psicológica en la que muchos pasajeros empiezan a no sentir tanta seguridad y prefieren que inicie un lento ascenso”.
Más de mil inmersiones sin accidentes avalan la seguridad del Idabel. Dice Stanley que un solo incidente emborrona su impoluto curriculum de seguridad: “Sólo un pasajero ha resultado herido, pero fue antes de la inmersión cuando, despistado, se dio con la cabeza en el borde de la escoltilla al entrar. El incidente se saldó con un par de puntos y una inmersión fallida.”
Lo del “pliego de descargo”, algo habitual en los viajes de buceo, pero en el alquiler de plazas en el submarino cobra otra dimensión, porque algunas compañías de seguros no cubren riesgos por la simple razón de que el submarino no llegó a homologarse en institución oficial alguna, no por negligencia del constructor, sino porque en su momento no “encajaba” en las leyes marítimas.
Cuando estaban realizando sus primeras pruebas con Idabel en Key West, fueron abordados por los Guardacostas y la Patrulla Marina de Florida. Tras dos horas de discusiones en alta mar y consultas por radio a tierra desde las patrulleras, no consiguieron clasificar una “burbuja sin motor…” Había que considerarlo como una balsa sumergible y eso no existía en la legislación aquél entonces.
Hoy día sería detenido y llevado a puerto, según la remozada Ley Marítima de Florida, pero la legislación de Honduras nada dice al respecto y Roatán es su destino fijo, por lo que el Idabel es una embarcación “legal”, el submarino amarillo de la Fosa Caimán.
Textos: Mark Montoya
Fotos: Roatan Institute